La añada

Dale la vuelta a una botella y, entre la letra pequeña, casi siempre encontrarás cuatro cifras: un año. No es el año en que se embotelló ni en el que salió a la venta. Es el año en que se vendimió la uva. Eso es la añada, y dice más de lo que parece.

Qué es exactamente

La añada es la cosecha de un año concreto. Mismo viñedo, misma variedad, las mismas manos en la bodega: cambia solo el año, y el vino sale distinto. Porque entre una vendimia y la siguiente pasa algo que nadie controla del todo —el tiempo que hizo—, y ese tiempo se queda dentro de la botella.

Por eso la añada no es un adorno. Es la huella de una temporada entera: cómo brotó la viña en primavera, cuánto llovió, si el verano apretó o fue suave, si en septiembre entró agua justo antes de recoger. Un año caluroso y seco tiende a dar uvas más maduras, y vinos más redondos y con más grado. Uno fresco y lluvioso, vinos más ligeros, con la acidez más marcada y más frescor. No es mejor ni peor: es distinto.

La regla del año en la etiqueta

Aquí entra el dato duro. Para que una botella pueda llevar un año impreso, la ley europea exige que al menos el 85 % de la uva se haya vendimiado ese año (Reglamento Delegado UE 2019/33, artículo 49). El resto deja un pequeño margen, y quedan fuera del cálculo cantidades concretas como los licores de expedición o de tiraje que se usan en algunos espumosos. Dicho llano: si en la etiqueta pone 2019, casi todo lo que bebes nació en 2019.

Ese margen tiene sentido. Permite corregir sin mentir, pero mantiene la promesa: el año que ves es, de verdad, el año de la uva.

Por qué a unos años se les llama grandes

Como el clima manda, hay cosechas que salen redondas y otras que se tuercen. De ahí que los aficionados hablen de "grandes añadas" y de años flojos, y que dos botellas del mismo vino, separadas por una vendimia, puedan parecer parientes lejanos más que hermanas.

Conviene no tomárselo como una nota de examen. Un año difícil en manos de un buen viticultor puede dar un vino honesto y con carácter; un año fácil, mal trabajado, se queda en nada. La añada orienta, no sentencia.

Donde más se nota es en los climas de vaivén, como el atlántico: en una uva como la mencía, la diferencia entre un año y otro se lee en la copa.

Añada y guarda

El año también habla del futuro del vino. Muchas grandes añadas aguantan bien el paso del tiempo en barrica y en botella, y son las que dan pie a un Reserva o a un Gran Reserva que se abrirá dentro de años. Otras cosechas piden beberse pronto, mientras conservan su fruta: es el terreno del vino joven, donde no buscas la pátina de los años sino la viña recién recogida.

Hay incluso vinos que renuncian a la añada a propósito. Algunos espumosos y ciertos ensamblajes mezclan cosechas para que la casa sepa siempre igual, año tras año; en esos, la etiqueta no lleva año, y es una decisión, no un descuido.

Qué hacer con ese número

La próxima vez que veas el año, no lo leas como una calificación. Léelo como una fecha de nacimiento: te dice qué verano hubo dentro de esa uva y, con un poco de oficio, cuánto le queda por crecer. Es la parte más honesta de la etiqueta —la que la bodega no elige— y, con el tiempo, la que hace que el mismo vino nunca sea dos veces el mismo.

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