Introducción
Hay un documento fechado un 1 de noviembre de algún año entre el 915 y el 942 en el que una transacción se salda con vino. No dice qué uva era, y nadie lo sabe; lo que deja claro es que en estas tierras ya se vendimiaba hace once siglos. La tinta que manda hoy en el sur de la provincia de León se llama prieto picudo, y es de las pocas uvas españolas que no se entienden por su tinto sino por su rosado.
Es de piel negra y carácter áspero de joven: mucho color, mucha acidez, tanino que se nota. Da tintos serios y da, sobre todo, un rosado con burbuja natural que es su firma. Es la variedad principal de la D.O. León —se llamó Tierra de León hasta 2019— y en la vendimia de 2022 supuso algo más del 77% de la uva que entró en sus bodegas: 2.372.391 kilos de 3.072.134.
Origen
Hay una parte resuelta y otra abierta, y conviene no mezclarlas. El Vitis International Variety Catalogue —el registro ampelográfico de referencia— la tiene fichada con el número 9694 bajo el nombre prieto picudo tinto, le da España como país de origen y le reconoce cinco sinónimos verificados; entre ellos, dos que despistan: verdejo negro y verdejo tinto.
Lo abierto es el parentesco. Los marcadores genéticos han identificado a uno de sus dos padres: la savagnin blanc, la blanca que los mismos registros llaman traminer. El otro progenitor sigue sin identificar. Media familia conocida y media incógnita: quien te cuente una historia redonda sobre de dónde viene se la está inventando.
Lo que sí está documentado es su casa. En la segunda mitad del siglo X los monjes del convento de Santa María y Santiago de Valdevimbre ya compraban tierras de viña —«uinea mostra», dicen los pergaminos de la catedral—. La filoxera llegó al viñedo leonés en 1887 y siguió arrasando hasta los años veinte. La vuelta es reciente y tiene fechas: en 1985 un grupo de cooperativas de Valdevimbre, Los Oteros y la ribera del Cea empieza a moverse; en 1999 consiguen la mención Vino de la Tierra; el 27 de julio de 2007 llega la Denominación de Origen. Se cultiva por debajo de los 900 metros, con unos 500 milímetros de lluvia al año y 2.700 horas de sol. Días tórridos, noches frías: de ahí sale la acidez.
Cómo reconocerla
Empieza por la capa. El tinto joven tiñe: picota media-alta con destellos violáceos, lejos del rubí translúcido de un atlántico. En nariz, fruta roja golosa —fresa, cereza, frambuesa—, regaliz y un punto herbal fresco por detrás. En boca se delata del todo: acidez alta y viva, tanino presente pero jugoso, y en los vinos jóvenes un punto de astringencia que el propio pliego de la denominación reconoce como típico de la variedad. Con crianza se pule y queda el fondo carnoso.
El rosado es otra cosa, y ahí está la firma. En León se hace con el madreo: se echan racimos enteros de prieto picudo sanos al depósito de rosado mientras fermenta —entre un 5 y un 10% de su capacidad— y al acabar se retiran. Las bayas fermentan por dentro y sueltan su propio gas, así que el vino sale con más color, más estructura y carbónico natural: esa aguja fina que cosquillea. El consejo regulador sostiene en su pliego que la técnica solo se practica allí.
La prueba más limpia es comparativa, y la tienes dentro de la misma denominación: ponla al lado de una mencía, que también es principal allí. La mencía es más pálida, huele a tierra mojada y pimienta y pasa ligera. La prieto picudo mancha más la copa, huele a fruta roja de caramelo y aprieta al final. Si tiñe y raspa un poco, es la leonesa.
En casa lo compruebas con dos botellas: el Estay de Dominio de Tares, un 2021 con seis meses de crianza y catorce grados, es el retrato del tinto; el Nicte de Avelino Vegas, el del rosado.
Vinos para entenderlo
La teoría se entiende mejor con una botella delante.
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