Albariño

Introducción

Caminas por debajo de la viña. Los racimos te quedan por encima de la cabeza, colgados de un emparrado, y a la altura de los pies hay maíz, patatas o huerta: en las Rías Baixas la viña va alta y debajo se sigue sembrando. No es una postal. El pliego de la denominación lo explica sin adornos: con 1.300 milímetros de lluvia al año, subir la vegetación lejos del suelo es lo que evita que los hongos se coman la cosecha.

Esa es la casa del albariño, una uva blanca del noroeste ibérico que manda como casi ninguna: en las últimas vendimias supuso más del 96 % de toda la uva recogida en la DOP Rías Baixas. Tanto, que la mención «Rías Baixas Albariño» —que exige el 100 % de la variedad— acabó siendo el nombre del vino en la calle. Y todo en un viñedo de minifundio: 4.300 hectáreas partidas en 22.800 parcelas entre más de 5.000 viticultores.

Tiene además una rareza que el propio pliego subraya: acumula mucho azúcar —los buenos años pasa de 13 grados— y aun así conserva una carga de ácidos «que muy pocas variedades consiguen en todo el mundo». Alcohol de sobra y frescor intacto a la vez. Ahí está casi todo.

Origen

El origen del albariño no está resuelto, y el documento con más autoridad lo dice con estas palabras: «existe controversia en cuanto al origen de esta variedad». Lo que el pliego da por seguro es la antigüedad —más de mil años cultivándose en las Rías Baixas—, no la procedencia.

El Vitis International Variety Catalogue, el registro ampelográfico de referencia, la ficha con el número 15689 y —esto descoloca— bajo el nombre principal ALVARINHO, con Portugal en la casilla de país de origen; albariño consta ahí como el nombre oficial en España. Del parentesco, nada: las casillas de padre y madre están vacías. Se le conocen descendientes, pero no progenitores.

Lo único que la mete en un árbol genealógico es un trabajo de 2011 sobre la colección de la Evega, la estación de viticultura gallega: 135 muestras de 15 variedades del país leídas con 33 microsatélites. La emparenta con el grupo de las caíño del oeste de Galicia y propone, con soporte estadístico, que junto a la caíño bravo sea progenitora de la caíño blanco. Propuesta, no sentencia.

Queda el relato de los monjes. El pliego recoge que los cistercienses llegados por el Camino de Santiago, o con la dinastía de Borgoña en el siglo XII, enseñaron a los viticultores locales a cuidar «las variedades aquí asentadas». Mira bien el verbo: ni la versión más generosa con los monjes dice que trajeran la uva. Quien te la venda como pariente de la riesling va por delante de lo que hay escrito.

Cómo reconocerla

Empieza por el color: amarillo limón brillante con reflejos verdosos, más dorado si ha pasado por madera o por lías.

En nariz se presenta sola, todo aroma primario: melocotón y albaricoque por delante, manzana verde detrás, cítrico de fondo y una flor blanca tipo azahar. Y luego lo que no es fruta ni flor, ese aire salado de brisa que en la copa se vuelve salinidad.

En boca manda la acidez: alta, jugosa, de las que hacen salivar. Lo que sorprende es que debajo hay más carne de la que esperas —cuerpo medio, nada de agua con sabor— y el final se va largo dejando otra vez el recuerdo salado. Seco casi siempre: el pliego solo admite secos y semisecos.

La prueba comparativa más limpia es contra un verdejo, el otro blanco español de acidez alta. Los dos raspan y los dos huelen fuerte, pero apuntan a sitios distintos: el verdejo tira a hierba, hinojo y un amargor final de almendra; el albariño, a fruta de hueso y sal. Si lo que te queda al tragar es hierba amarga, no es albariño. Si es melocotón con un punto de mar, ya lo tienes.

Se bebe joven casi siempre, pero el que ha pasado tiempo sobre lías o en madera —el pliego la limita a 600 litros— gana textura y aguanta bastantes más años de los que se le suponen. Sírvelo fresco, no helado: demasiado frío te tapa justo la fruta que has venido a buscar. Y en la mesa, lo de al lado: marisco, pescado a la plancha, una empanada.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes