Rías Baixas

Introducción

En Cambados hay una fiesta del albariño desde 1953. El Consejo Regulador de Rías Baixas no se constituyó hasta 1988 —esa fecha la da el propio Consejo; de la orden que reconoció la denominación no hemos encontrado fuente primaria—, treinta y cinco años más tarde. Primero la gente bebiendo el vino, después el organismo que hoy lo certifica, y ese orden explica bastante de cómo funciona esto.

Rías Baixas es una denominación de origen: un territorio delimitado con un reglamento que dice qué uvas se pueden plantar, cuánto se puede cosechar y cómo hay que elaborar. Está en el suroeste de Galicia, casi toda en la provincia de Pontevedra y con un pico en la de A Coruña. Y es tierra de blancos: en la vendimia de 2024, el 99,3 % de la uva recogida fue de variedades blancas, y solo el albariño puso 40,8 de los 42,1 millones de kilos. Tanto, que fuera de Galicia mucha gente pide «un albariño» cuando lo que quiere decir es un Rías Baixas.

El lugar

Aquí llueve. Mil trescientos milímetros al año, repartidos por las cuatro estaciones y bajando en verano, con temperaturas que se mueven entre 10 y 25 grados. El viñedo está pegado al mar y a los tramos bajos del Ulla, el Umia y el Miño, y casi nunca pasa de los 300 metros de altura. Debajo, granito: suelos ácidos, arenosos, pobres y de poco espesor, con algo de esquisto y de aluvión. Ese conjunto es el terruño que el pliego resume sin adornos: la uva madura con poca insolación y algo de sed, y salen vinos reconocidos «por la concentración y variedad de su fracción ácida» más que por su alcohol.

De la lluvia viene también el emparrado, esa parra alta sobre postes que es la imagen de la zona. No es folclore: subir la vegetación lejos del suelo limita los hongos, que con tanta humedad se comen la cosecha. Y de paso deja sembrar maíz o patatas debajo, que en un país de fincas diminutas no es poca cosa. Porque el minifundio aquí es extremo: en 2024, 4.640 hectáreas partidas en 23.731 parcelas entre 4.991 viticultores. Menos de una hectárea por cabeza, en casi cinco trozos.

Hay cinco subzonas, y no pesan igual. Val do Salnés —la de Cambados— aportó dos tercios del albariño de 2024; Condado do Tea, casi la quinta parte; O Rosal, algo más del 12 %; Ribeira do Ulla y Soutomaior, migajas. La denominación permite godello, treixadura, loureira o caíño blanco, y tintas como la mencía —la misma que manda en el Bierzo— o la sousón, pero las tintas no llegan al 1 % de la vendimia. Para poner «Rías Baixas Albariño» en la etiqueta hace falta 100 % de la variedad. El tope de rendimiento del albariño es de 12.000 kilos por hectárea —12.500 para el resto de blancas, 10.000 para el caíño tinto, y el Consejo puede subirlos hasta un 25 % en campañas concretas—, y la añada es obligatoria salvo en los espumosos.

Qué encuentras en la copa

Amarillo limón con reflejo verdoso; más dorado si ha visto madera —el reglamento la limita a barricas de 600 litros— o ha reposado sobre lías.

La nariz es primaria y directa: manzana, melocotón, algo de cítrico y una flor blanca discreta. Detrás aparece lo que no es fruta, ese aire de brisa que en boca se convierte en salinidad.

Y en boca manda la acidez. Alta, jugosa, de las que hacen salivar y piden otro trago; de los cuarenta y un Rías Baixas de nuestra base de cata, ninguno baja de acidez media y la mayoría la tienen alta. Debajo hay más cuerpo del que sugiere el color, sobre todo en los que han pasado tiempo con sus lías: ganan una textura casi cremosa sin perder el nervio. El final se va largo y deja otra vez el recuerdo salado. Y es seco por norma: el pliego solo admite secos y semisecos.

Para reconocerlo, sírvelo fresco pero no helado. Demasiado frío te esconde justo el melocotón y la sal que has venido a buscar. Con marisco, con una empanada o con un pescado a la plancha, se explica solo.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes