Reducción (defecto)

A un vino que huele a huevo, el consejo de toda la vida es darle aire. Y muchas veces acierta. Pero ese mismo gesto —abrir, decantar, remover la copa— es lo que en otro vino termina de romperlo, y lo deja oliendo a cebolla y a goma quemada para siempre. La reducción es de los pocos defectos donde el remedio de manual puede ser la puntilla. De qué está hecha y por qué nace sin aire lo cuenta la ficha de la reducción; aquí vamos a lo otro: cuándo deja de ser un olor molesto y pasa a ser un vino perdido.

El umbral que separa el matiz del fallo

La reducción no es defecto por existir, sino por pasar de la raya. El sulfuro de hidrógeno —el gas del huevo podrido— empieza a olerse a partir de uno o dos microgramos por litro; por debajo de esa raya incluso puede sumar algo de complejidad, y hay compuestos de azufre que en trazas son justo lo que buscas: los aromas cítricos y de pomelo de ciertos blancos nacen ahí. Por encima del umbral la cosa cambia de bando: los mercaptanos, cruzada esa línea, se dan por defecto casi sin discusión. Y no es un fallo de rareza. Según una revisión del tema, las faltas reductivas cargan con cerca del 30% de todos los defectos de los vinos comerciales: son de las averías más repetidas que puede tener una botella.

No toda reducción se cura igual

Aquí está lo que de verdad separa esta cara del defecto. Hay una escalera de gravedad, y sube según lo pesado que sea el azufre. El H₂S ligero es el peldaño bueno: se marcha aireando, como cuenta la otra ficha. Un escalón por encima están los mercaptanos, todavía tratables. El problema empieza cuando el aire, en lugar de curarlos, los transforma: airear un vino cargado de mercaptanos los oxida a disulfuros, y los disulfuros ya no responden al cobre —huelen a cebolla, a ajo, a goma quemada— y sacarlos exige el camino inverso, devolver el vino a condiciones sin oxígeno con ácido ascórbico y azufre. Más arriba todavía, el dimetilsulfuro ni siquiera se agarra al cobre. Y si el huevo podrido se detectó tarde y viene muy fuerte, airear y clarificar puede no ser suficiente. Por eso estos olores tienen tan mala fama: pasado cierto punto, no hay vuelta atrás.

En tu copa

En la mesa no tienes laboratorio, pero tienes nariz y tienes tiempo. Ante una botella que huele a cerrado, a cerilla o a huevo, dale aire y espera: decántala, remueve la copa, vuelve a los diez minutos. Si el olor afloja y por debajo asoma el vino —su fruta, su frescor—, era una reducción ligera y has ganado la partida. Si, al revés, cuanto más aire más aparecen la cebolla, el ajo y la goma, mala señal: has empujado los mercaptanos hacia el lado sin retorno, y esa botella ya no vuelve. En bodega lo afinan con un test de cobre y cadmio que delata qué azufre hay detrás; en tu casa el dato que importa es más simple, y lo puedes leer con la sola nariz: la reducción que mejora con aire se salva, la que empeora está perdida.

Conviene no confundirla con sus vecinas. No es la oxidación, que peca por sobra de aire y tira a manzana pasada; ni el olor a corcho, que apaga el vino sin remedio y no se va con nada. La reducción es la del medio: a veces un mal trago pasajero, a veces un defecto de los serios. En un tinto de nervio como la mencía, donde esperas violeta y frutillo, ese primer tufo a cerilla es la señal de parar y decidir cuál de las dos caras tienes delante. Saber leer esa diferencia —el olor que se va y el que se queda— es lo que te ahorra tirar un buen vino, o tragarte uno estropeado.

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