Riesling

Introducción

¿Te han dicho alguna vez que un vino olía a gasolina y no supiste si aquello era un elogio o una pega? Si en la copa había riesling con unos años encima, era un elogio.

El riesling es una uva blanca alemana y es, por encima de todo, la uva de la acidez. Da vinos pálidos y ligeros: de los trece rieslings de nuestro catálogo, la mayoría se queda en doce grados o menos y dos bajan hasta ocho, aunque algún alsaciano se vaya a catorce y a quince. Todos, eso sí, con un nervio que hace salivar de verdad. Sobre ese esqueleto cabe casi todo: de los secos afilados a los dulces de uva pasificada, porque el ácido corta el azúcar en cada trago. Ahí está su equilibrio y ahí está su fama.

Origen

Alemania, y con papeles. El catálogo ampelográfico internacional (VIVC) la registra como riesling weiss, número 10077, y le da Alemania como país de origen. El Instituto Alemán del Vino fecha incluso la primera vez que la palabra «Riesling» aparece escrita en un documento: el 13 de marzo de 1435. De ese año y de 1465 son los papeles más antiguos del Rheingau y del Mosela, las dos zonas de tradición más larga.

Lo que no está resuelto es de quién es hija. VIVC solo confirma por marcadores la mitad del árbol: «? × heunisch weiss». Un progenitor con nombre y otro en interrogante. Se han escrito hipótesis para llenar ese hueco, pero ninguna está en la casilla de los marcadores, así que aquí se queda como lo que es: una incógnita. Nombres, en cambio, le sobran: VIVC le registra 167 —weisser riesling, johannisberger, rheinriesling, riesling renano, klingelberger—, maraña suficiente para fiarse antes del catálogo que de la etiqueta.

El Instituto Alemán del Vino —parte interesada— cifra en un 45% la porción alemana de la producción mundial, sin decir de qué año es ni si cuenta litros o hectáreas. Lo de puertas adentro sí está contado por la oficina federal de estadística: 24.233 hectáreas en 2024, el 23,4% de un viñedo total de 103.295; de largo, la variedad más plantada del país. Y no siempre lo tuvo fácil: era el 23,6% en 1970, cayó al 19,7% en 1985 y ha tardado cuarenta años en recuperar su sitio. Donde manda sin discusión es en las laderas del río: en el Mosela son 5.266 de 8.445 hectáreas, un 62%; en el Rheingau, 2.412 de 3.180, casi el 76%.

Nuestros apuntes del Club del Vino de Las Margaritas explican por qué ese vino cuesta lo que cuesta: más del 30% del viñedo del Mosela está en pendientes de más del 30%, con 600 a 800 mm de lluvia al año. En el club hemos catado un Hendelberg de Peter Jakob Kühn plantado en un 40% de inclinación sobre esquisto, y un Barzen de cepas de 1886 sobre pizarra. Basta mirar una ladera así para entender de dónde sale el precio de la botella: ese esfuerzo es media explicación del terruño.

Cómo reconocerla

De joven es de los blancos más pálidos que hay: amarillo limón con reflejos verdosos y un brillo casi acerado. Con los años se va dorando despacio.

En nariz, lima y manzana verde por delante; melocotón blanco y flor blanca detrás. En los de suelo de pizarra suele asomar ese fondo a piedra mojada que en cata llamamos mineralidad; es una asociación que se repite —el instituto alemán también la señala—, no que la piedra pase al vino. Y con el tiempo llega la nota del principio: un matiz a petróleo, a queroseno, que en esta uva no es defecto sino galón, uno de los aromas terciarios más reconocibles del vino. En un riesling de dos años no aparece; en uno de diez, está.

En boca es un cable de acero envuelto en flores. Acidez altísima, cuerpo ligero, alcohol bajo y un final largo y salivante. El dulzor varía y lo suele avisar la etiqueta —trocken es seco, feinherb semiseco—; en los de vendimia tardía, azúcar y ácido se sostienen el uno al otro y ninguno gana.

Para acabar de fijarlo, abre al lado un albariño. Los dos son pálidos y los dos raspan, pero el albariño tiene más carne y tira a fruta de hueso madura y a sal; el riesling es más recto, más flaco, más cítrico, y arrastra esa pizarra que el otro no tiene. Si además te cuesta creer que eso lleve solo once grados, es riesling.

Sírvelo fresco pero no helado: muy frío se apaga justo lo que lo hace grande, así que mírate la temperatura de servicio. Y no corras a bebértelo por su ligereza: aguanta en botella mucho más de lo que aparenta. El instituto alemán dice que el punto óptimo llega solo tras algunos años, y no pone número; nosotros tampoco. Mira la guarda y el apogeo y ve abriendo botellas.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes