Terroir

En Rioja, en Ribera del Duero y en Toro crece la misma uva: la tempranillo. Idéntica planta, manos que saben lo que hacen en las tres, y aun así salen tres vinos que nadie confundiría a ciegas. Uno sedoso, otro de voz grave y castellana, el tercero puro músculo. Esa diferencia que no cabe entera ni en la cepa ni en la bodega tiene un nombre prestado del francés: terroir.

Qué es, y quién le puso definición

El terroir no es una palabra de folleto, aunque a veces lo parezca. La OIV —la organización internacional que fija el vocabulario del vino— le dio una definición formal en 2010, reunida en Tiflis. La resume así: el terroir es una zona en la que se ha ido acumulando un conocimiento colectivo de las interacciones entre el medio físico y biológico y las prácticas de cultivo que allí se aplican, y ese conjunto es lo que da a los vinos de esa zona sus rasgos propios.

Merece la pena detenerse en dos matices de esa frase. El primero: dentro del terroir entra la mano del que cultiva. La OIV enumera el suelo, la topografía, el clima, el paisaje y la biodiversidad, pero también el saber que allí se ha depositado con los años. No es solo geología; es geología más oficio. El segundo: la propia OIV avisa de que no hay que confundir el terroir con una Denominación de Origen. El terroir describe; la DO es una figura legal que protege. Pueden ir de la mano, pero no son lo mismo.

Lo que cabe dentro

Desmenuza esa lista y verás que cada factor deja una huella que sí llegas a notar en la copa. El suelo manda menos por su "sabor" —el vino no sabe a piedra, eso lo aclaramos en mineralidad— y más por cómo drena el agua y cuánto calienta la raíz. El clima decide lo demás: cuanto más fresco el sitio, más acidez guarda la uva y más frescor llega a la boca. La topografía —la altitud, la orientación de la ladera, la pendiente— reparte sol y noche: en altura, las noches frías conservan el nervio del racimo. Y por encima de todo, la viticultura: cuándo se poda, cuánto se deja cargar la cepa, cuándo se vendimia. El terroir es la suma, no una de sus partes.

El mismo racimo, tres voces

Vuelve a la tempranillo del principio, porque es el mejor ejemplo que tenemos en casa. En Rioja sale sedosa: fruta roja madura y madera especiada dándose la mano, un cuerpo que no pesa. Cruza a Ribera del Duero y la misma tempranillo habla con voz castellana: color más profundo, tanino más rotundo, fruta negra donde antes había cereza. Baja hasta Toro y aparece su versión más musculosa, de capa altísima y calidez que llena la boca sin pedir permiso. Tres pueblos, una uva, tres vinos: eso es el terroir hablando.

No es cosa solo del tempranillo. La mencía del Bierzo trae ese fondo de pizarra y esa fruta roja fresca, casi de arroyo de montaña, que no encontrarás igual en un tinto de tierra cálida. Cambia el sitio y cambia el vino, aunque el nombre de la uva en la etiqueta siga siendo el mismo.

En la copa

Cuando alguien te diga que un vino "tiene mucho terroir", tradúcelo así: sabe a su sitio, no a receta. No busques el gusto literal a granito o a caliza, que eso es mito y ya lo desmontamos aparte. Busca la coherencia: una acidez que encaja con el clima del que viene, una fruta a la altura de sus veranos, un tacto que responde a su tierra y a quien la trabaja. El terroir no es magia ni misterio; es la razón, muy terrenal, por la que mereció la pena plantar viña justo ahí y no cien kilómetros más allá.

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Fuentes