Sumoll

Introducción

A seiscientos metros, en el Penedès, hay una finca plantada de sumoll y xarel·lo: de ahí sale Can Sumoi La Rosa, un rosado de trago rápido que llevamos en tienda. Y de otra viña catalana, sobre suelo calizo y con cepas de medio siglo, sale el Sumoll de Can Ràfols dels Caus que pasamos por el Club del Vino de Las Margaritas, cinco meses en madera de castaño. Misma uva, dos caras.

El sumoll —sumoi, si estás en el Camp de Tarragona— hace lo contrario de lo que se espera de una uva mediterránea. Aguanta la sequía y el calor sin quejarse, pero llega a la bodega con poco azúcar y con la acidez intacta: el INCAVI lo vendimia con un grado probable de once y medio y subraya que la mantiene alta durante toda la maduración. El pliego del Pla de Bages lo reconoce por escrito: pide 12,5 % de alcohol mínimo a sus tintos, y sólo 11,5 % a los de sumoll. Piel fina, pulpa sin teñir, capa corta. Durante cincuenta años todo eso se leyó como una lista de defectos.

Origen

El catálogo internacional de variedades lo registra como sumoll, número 12072, origen España, con un parentesco confirmado por marcadores que se queda a medias: hebén por un lado y un interrogante por el otro. El trepat lleva el mismo apunte, así que las dos catalanas más pálidas comparten media familia y nadie sabe todavía la otra media.

Los primeros papeles que lo nombran son de finales del siglo XVIII. El 11 de abril de 1787, Manuel Barba i Roca leyó en la Reial Acadèmia de Ciències de Barcelona la lista de uvas «que's coneixen al Panades» y ahí está el sumoi, junto a la garnatxa y la cariñena. Diez años más tarde vuelve a aparecer en la Memoria sobre la viña de Navarro-Mas i Marquet. Hasta mediados del siglo XX fue una de las tintas más plantadas de Cataluña.

Y entonces se cayó. Desde 1970 se arranca en masa, empujado por la moda de las variedades francesas y por la demanda de uva blanca para el espumoso. Las cifras del INCAVI para Barcelona y Tarragona son un desplome limpio: 5.232 hectáreas en 1980, 1.281 en 1995, 185 en 2010. En la DO Tarragona se arrancó el 90 % de las viñas. Lo que queda son cepas viejas en vaso.

Y no es uva de comarca. En Canarias lo llaman vijariego negro: el INCAVI analizó cuatro muestras del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias y salieron idénticas al sumoll catalán. En Australia lo cruzaron con cabernet sauvignon buscando aguante al calor y de ahí salieron cienna, vermillion, rubienne y tyrian. Ojo, en cambio, con el sumoll blanco: no es la versión en blanco de esta uva, sino otra variedad que se llama igual.

Cómo reconocerla

El color delata. Es un tinto de capa baja, translúcido, y se apaga antes que otros: el ribete se va a teja y el centro a granate mucho más pronto de lo que esperarías. No es oxidación ni descuido, es la uva.

En nariz manda la fruta roja fresca —cereza, fresa silvestre, endrino— con un fondo de hierbas medicinales y matorral: boj, enebro, monte seco. En boca, la acidez es lo primero y lo último; hace salivar y estira el final. El tanino es poco y a veces basto: de joven deja un punto amargo y un rasponazo al tragar, y por eso quienes lo estudian piden dos años de botella antes de juzgarlo. En rosado cambia el tono: el Can Sumoi del principio sale rosa pálido y algo velado, con fresas silvestres, flores y hierbas de monte, y una acidez crujiente que se bebe sola.

La prueba comparativa más limpia es contra el trepat, su medio pariente. Los dos son pálidos y ligeros, y a la vista se confunden. En boca no: el trepat es manso, de acidez más contenida y poco cuerpo, y se deja beber sin pedir nada. El sumoll muerde. Más nervio, más agarre y un amargor herbáceo por detrás. Si la copa es pálida y sin embargo la boca aprieta y raspa, es sumoll.

Sírvelo fresco, por debajo de un tinto de guarda —mira temperatura de servicio—, y ponle delante comida con grasa y hierba: un arroz de conejo con romero, unas butifarras a la brasa. La acidez limpia el plato y devuelve el apetito, que es más o menos su oficio desde 1787.

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Fuentes