Trepat

Introducción

Un tinto de trepat no mancha el mantel. Es una uva tinta —de piel negra, así la registra el catálogo internacional de variedades—, pero da vinos de capa escasa, cuerpo ligero y alcohol contenido. El pliego del cava lo pone por escrito y sin adornos: la trepat «produce vinos con poca intensidad de color, moderada graduación alcohólica, acidez equilibrada, ligeros y con poco cuerpo». Leído deprisa parece una lista de carencias. No lo es: es su oficio.

Vive casi entera en un sitio, la Conca de Barberà, al norte de Tarragona: 3.800 hectáreas de viña a unos 500 metros de altitud y una producción media de 150.000 hectolitros al año. Ahí hace rosados, tintos jóvenes y espumosos. Y tiene una segunda vida en el cava, donde es una de las cuatro uvas tintas que autoriza el pliego, junto a la garnacha tinta, la monastrell y la pinot noir. Si abres un cava monovarietal de trepat, el tapón de tiraje lleva impresa una T.

Origen

Del origen se sabe la mitad, y conviene decir qué mitad. El Vitis International Variety Catalogue —el registro ampelográfico de referencia— la ficha con el número 12633, país de origen España, baya negra. Del parentesco da un progenitor confirmado con marcadores moleculares, el hebén, y un interrogante en el otro. El hebén, para más guasa, es una uva blanca. Media genealogía verificada y media sin resolver: quien te dibuje el árbol entero, se lo está inventando.

Lo documental pisa más firme. El pliego de la DOP Conca de Barberà rastrea el nombre en informes de instituciones agrícolas y en memorias de exposiciones de vinos, y lo sitúa antes de la filoxera en la Revista del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro, Tarragona, 1871. Entonces convivían dos: trepat tinto y trepat blanco. Con la replantación posterior a la plaga el blanco se perdió y sólo se injertó el tinto. Ese es el trepat que ha llegado hasta hoy.

La otra mitad de la historia es una supervivencia local. La uva estaba también en el Camp de Tarragona, el Priorat y el Montsià, y de ahí se fue borrando. En la Conca aguantó —Barberà, Blancafort, Forès, Vimbodí— hasta el punto de que el propio pliego la llama «autóctona y prácticamente exclusiva» de la comarca. No es una uva que se expandiera: es una uva que se quedó.

Cómo reconocerla

Empieza por la vista, que es donde más habla. En rosado, un rosa pálido de piel de cebolla. En tinto, un rubí claro y transparente, con el ribete ancho: la copa deja ver el mantel al otro lado. Si esperabas el muro púrpura de un tinto de secano, ya sabes que esto es otra cosa.

En nariz, fruta roja pequeña y ácida —fresa, frambuesa, granada— con un punto de piel de naranja y de flor seca. Nada de mermelada ni de tostados: un aroma corto de radio y limpio, del lado de los aromas primarios.

En boca lo que cuenta es lo que no hay. El tanino es escaso y no seca. La acidez es media —esa que el pliego llama «equilibrada»— y sostiene el trago sin morder. El conjunto pesa poco y refresca, territorio de vino joven de los de beber, no de los de rumiar. En espumoso, los nueve meses mínimos sobre lías le suman una miga de pan que la uva sola no tiene.

La prueba comparativa más limpia es contra una garnacha. Las dos dan tintos de color medio-bajo y ahí se acaba el parecido: la garnacha llega cálida, golosa y con grado; el trepat llega ligero, seco y corto de alcohol. Si el vino es pálido y aun así pesa, es garnacha. Si es pálido y no pesa, ya vas por buen camino.

Un aviso de servicio: tratado como un tinto de guarda, a temperatura de salón, se queda plano. Frío de tinto ligero —más cerca de un blanco que de un reserva— y entonces aparece. En la mesa se lleva bien con lo que no pide un tinto grande: verduras a la brasa, un arroz, unos embutidos.

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Fuentes