Introducción
En el noroeste de León, dentro de una hoya que las montañas cierran por los cuatro costados, la viña trepa de los trescientos cincuenta y cinco metros a los mil doscientos, tiene setenta y cinco años de media y casi no se riega: el reglamento lo prohíbe salvo los dos primeros años de una plantación nueva, para que la cepa agarre. Ese sitio se llama El Bierzo, y es justo donde Castilla deja de serlo y empieza a parecerse a Galicia.
Bierzo es también una denominación de origen: un nombre de sitio protegido por ley, con un reglamento —el pliego de condiciones— que fija qué uvas se plantan y cuánta se puede recoger por hectárea. No es una marca ni un estilo, es un trozo de mapa con normas. Aquí son 2.300 hectáreas repartidas entre 981 viticultores y 69 bodegas: al lado de Rioja, un pañuelo de parcelas pequeñas y muchas manos.
Importa porque es la casa grande de la mencía —la tinta que da los tintos frescos del noroeste— y porque aquí los vinos se ordenan además por el trozo de tierra del que salen. La escalera de barrica sigue en pie: el pliego reconoce crianza, reserva y gran reserva como cualquier otra denominación. Encima de esa, el Bierzo monta una segunda escalera, la del sitio.
El lugar
Aquí hay viña desde antiguo: Plinio el Viejo y Estrabón ya la citan hace unos dos mil años. La empujaron los monasterios medievales y el Camino de Santiago, la arrasó la filoxera a finales del XIX —y con ella se fue mucha gente de la comarca—, y se rehízo en el siglo XX con injertos sobre pie americano. La denominación de origen llegó en 1989.
El Bierzo es una hoya, una cuenca hundida entre montañas, y ese anillo le da un clima propio: ni el atlántico lluvioso de Galicia ni el continental seco de la meseta, sino una mezcla. Media anual de 12,3 °C, unos 793 milímetros de lluvia, más de trescientas horas de sol en julio y agosto y una oscilación térmica de unos 16 °C: inviernos fríos contra veranos en los que no son raros los días muy calurosos. Eso es lo que el pliego llama «una cierta continentalidad». El frescor de sus vinos lo cuelga sobre todo de la altura: hay viñas por encima de los mil metros, y de ahí salen, dice, «muy frescos y vivos».
Debajo hay cuarcita, arenisca, caliza, arcilla y pizarra, en suelos ácidos, sin cal y de textura franco-arcillosa. La mayor parte del viñedo se queda entre los 400 y los 800 metros, en ladera y en terraza y con cepas mirando a los cuatro puntos cardinales.
El pliego admite ocho uvas, pero manda una: la mencía es el 70,5 % de lo plantado, seguida del godello con un 16,7 % y del palomino con un 9 %; detrás quedan la garnacha tintorera, la doña blanca, la malvasía y dos rarezas rescatadas, merenzao y estaladiña. En vez de subzonas, el Bierzo tiene una escalera de sitios: Vino de Villa (municipio), Vino de Paraje (un paraje dibujado en el mapa), Viña Clasificada y Gran Viña Clasificada. Cada escalón exige toda la uva de ese lugar y recorta el rendimiento máximo, de un 20 % hasta un 35 %. Ese es el terroir del Bierzo escrito en el reglamento.
Qué encuentras en la copa
El tinto de mencía llega rubí y, en los nuestros, de capa media y translúcida: rara vez ese muro opaco de un tinto de secano —el pliego admite de capa media a muy alta, así que más cubiertos también los hay—. Huele a fruta roja fresca, a violeta y, en los de ladera alta, a un fondo de piedra fría que en cata llamamos mineralidad. En boca es seco y jugoso, con la acidez por delante y un tanino que suele quedarse en medio, sedoso más que áspero. En nuestros treinta bercianos catados en casa, la acidez sale media-alta en veinticuatro de ellos y el cuerpo se queda en medio en veintiuno. Vinos que refrescan en lugar de pesar.
Cuando pasa por madera —ocho o doce meses es lo habitual— gana tabaco, cedro y especia sin perder el nervio, y en las crianzas largas asoman los aromas terciarios de vainilla y tostado sobre esa fruta. La mencía de cepa vieja aguanta bien la guarda; la joven se bebe pronto y algo fresca, que es como mejor le sienta.
Los blancos de godello van a lo suyo: amarillo limón, fruta blanca y de hueso, flor y un punto salino, con boca ancha y final largo. Si tienes que quedarte con una sola señal del Bierzo, que sea esa: color claro y boca con nervio, la frescura de la montaña dentro de un vino que ha visto sol de sobra.
Vinos para entenderlo
La teoría se entiende mejor con una botella delante.
Ver la selección de Bierzo en la tienda
Sigue leyendo
- Acidez
- Aromas terciarios
- Crianza
- Cuerpo
- El color
- Familia floral
- Frescor
- Garnacha Tintorera
- Godello
- Gran reserva
- Guarda y apogeo
- La capa
- Malvasía
- Mencía
- Mineralidad
- Palomino
- Reserva
- Rioja
- Tanino
- Temperatura de servicio
- Terroir
- Vino joven