Crianza sobre lías

Casi todo lo que hace una bodega después de fermentar apunta a lo mismo: separar el vino de su poso. Trasegar, clarificar, filtrar, sacar el líquido limpio y dejar atrás la borra del fondo. La crianza sobre lías hace justo lo contrario. Deja el vino durmiendo encima de ese sedimento de levaduras muertas —a propósito, y durante meses—, porque lo que en otro vino sería un defecto, aquí es la fuente de la virtud.

Qué son las lías y qué pasa dentro

Las lías son el poso que queda cuando la fermentación termina: sobre todo levaduras que han hecho su trabajo, se han quedado sin azúcar y han muerto. En lugar de retirarlas, el elaborador deja el vino en contacto con ellas.

Y entonces esas células empiezan a deshacerse solas. Es la autólisis: la levadura se autodegrada con sus propias enzimas —proteasas, lipasas y otras— y va soltando al vino lo que llevaba dentro. Es un proceso lento, porque el frío y la acidez del vino lo frenan, y por eso pide tiempo. De ahí salen dos cosas que cambian la copa. Primero, unas moléculas llamadas manoproteínas, que se enganchan a los taninos, rebajan la aspereza y engordan el paso de boca; también sujetan la burbuja, y por eso son claves en los espumosos. Segundo, aminoácidos y otros compuestos: los azufrados, como la cisteína y la metionina, derivan hacia notas de fruto seco tostado y café. Como propina, las lías protegen algo al vino frente a la oxidación, porque consumen parte del oxígeno que de otro modo lo estropearía.

Esto la separa de la crianza clásica en madera: allí el vino cambia por el roble y el aire; aquí cambia por lo que le regala su propia levadura. Son aromas de elaboración, secundarios, no de la uva ni del roble.

El reloj: del más joven al más largo

Sobre lías se crían muchos blancos tranquilos, pero donde el método brilla es en los espumosos de segunda fermentación en botella, y ahí el tiempo está escrito en el pliego. En el Cava, el mínimo sube por escalones: un Cava de Guarda pide al menos 9 meses; el Reserva, 18; el Gran Reserva, 30; y un Cava de Paraje Calificado, 36 meses como suelo. En la Champagne, la crianza sobre lías no baja de 15 meses contados desde la segunda fermentación.

Esos números no son burocracia: son, casi literalmente, el tiempo que la levadura necesita para deshacerse dentro de la botella y entregar su cremosidad. Cuanto más larga la espera, más honda la huella.

En la copa

Aquí es donde se paga la paciencia. Un vino criado sobre lías tiene más cuerpo del que su graduación haría esperar: llena la boca, se siente denso y algo untuoso, con esa sensación cremosa que se acerca a la glicerina aunque nazca de otro sitio. En un espumoso, la burbuja se vuelve más fina y cosida, menos agresiva.

En nariz aparece una familia de olores muy reconocible: miga de pan, bollo recién hecho, levadura, corteza tostada, avellana, a veces un punto de mantequilla o de queso curado. Es el sello del método, y suma complejidad sin recurrir a la fruta ni a la madera.

Un apunte de bodega que se cuela en la etiqueta de algunos blancos: el bâtonnage, remover el poso con una vara para ponerlo otra vez en suspensión y acelerar el intercambio. Es lo que da a ciertos blancos gordos su textura de nata.

Ojo con una vecina peligrosa: encerrar un vino sin aire mucho tiempo también puede empujarlo hacia la reducción, ese tufo a cerilla o huevo que no tiene nada que ver con el pan de las lías. El oficio está en quedarse con lo uno sin caer en lo otro.

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