Cuerpo

Qué es el cuerpo

Sirve un vaso de leche desnatada y, al lado, uno de nata líquida; bébelos seguidos. Los dos son líquidos blancos, pero uno pasa fino y el otro llena la boca, la cubre, casi se mastica. Esa diferencia de peso, llevada a la copa, es lo que en cata llamamos cuerpo.

El cuerpo no es un sabor ni un olor: es cuánto ocupa el vino en la boca, cuánto pesa sobre la lengua. Pertenece a la textura, no al gusto en sentido estricto, aunque los dos se mezclen al beber. Un vino puede ser ligero y sabroso, o pesado y soso: intensidad de aroma y cuerpo son cosas distintas. Solemos ordenarlo en tres peldaños: ligero, medio y con cuerpo.

De dónde sale el peso

Tres cosas explican, sobre todo, que un vino pese más o menos en boca.

El alcohol. El etanol da calor y volumen. La OIV fija que un vino tiene, como mínimo, 8,5% vol de alcohol adquirido —reducible a 7% vol en algunas zonas—; de ahí para arriba, cada grado suma sensación de peso. Es el primer sospechoso cuando un vino se nota grande.

El extracto seco. Es todo lo que quedaría en la copa si evaporases el agua y el alcohol: según la OIV, el conjunto de sustancias no volátiles —azúcares, ácidos, minerales—. Cuanta más materia disuelta, más denso el líquido. Por eso un tinto, cargado de tanino y color, suele pesar más que un blanco ligero. La elaboración también empuja: durante la crianza en barrica, el reposo sobre las lías suelta sustancias que redondean el paladar y engrosan la textura, y por eso un blanco criado se nota más lleno que el mismo vino embotellado joven.

El glicerol —la glicerina—. Es un alcohol espeso y algo dulce que la levadura fabrica al fermentar. La OIV lo mide entre los alcoholes del vino, y aparece en un rango de 1 a 9 g/L. Tiene fama de ser «lo que da cuerpo». Aquí conviene frenar.

El dato y la lengua

Porque una cosa es lo que suena lógico y otra lo que la boca nota de verdad.

Sobre el glicerol, el trabajo clásico de Noble y Bursick (1984) es tajante: por debajo de 25,8 g/L no produce ningún aumento perceptible de viscosidad. Como en el vino seco rara vez pasa de 9 g/L, su efecto real no es engordar el vino, sino endulzarlo un poco —a partir de 5,2 g/L ya se nota más dulzor—. El glicerol aporta al gusto, no al peso.

Y el peso mismo es más resbaladizo de lo que parece. Un estudio de 2019 (Shehadeh y otros) comparó etanol, glicerol, glucosa y ácido; de todos, el azúcar fue el que más subía la viscosidad y el alcohol el que menos. La densidad en boca es una sensación de varios ingredientes a la vez, no el mérito de uno solo.

La víctima más famosa de esta confusión son las lágrimas de la copa —esos regueros que bajan por el cristal—. Se cree que miden el cuerpo o la calidad; en realidad son un fenómeno físico del alcohol al evaporarse. Cuentan cuánto alcohol lleva el vino, poco más.

Cómo reconocerlo

En cata, atiende no al sabor sino al tacto: cuánto llena, si resbala o se queda. Un albariño atlántico pasa ligero; un monastrell de Jumilla o un oloroso de Jerez llenan la boca y pesan. La mencía, en medio.

El buen cuerpo no es el más grande, sino el que está en equilibrio: sostenido por acidez y tanino, y no solo por alcohol. Un vino que pesa por exceso de grado no es amplio: es caliente, y arde en vez de llenar. El cuerpo que buscas se queda en la boca sin quemarla, y alarga la persistencia.

Un truco para entrenarlo: bebe dos vinos seguidos, uno ligero y otro con cuerpo, y no pienses en el sabor sino en el rastro que dejan al tragar. El ligero se va limpio y rápido; el de cuerpo sigue ahí, cubriendo, un rato después. Esa huella es el peso, y una vez la reconoces ya no se te escapa.

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Fuentes