Canarias

Introducción

Hay bibliotecas que se libraron del incendio que quemó a las demás. El viñedo canario es una: cuando la filoxera arrasó Europa, el insecto no cruzó el mar. El pliego de la DOP Islas Canarias lo llama «territorio no filoxerado»: cerca de cien variedades traídas del continente antes de la plaga, plantadas de sarmiento y sobre sus propias raíces. Hasta que en julio de 2025 el Gobierno de Canarias detectó el primer foco, en Valle de Guerra (La Laguna, Tenerife).

Canarias tampoco es una denominación: son once. Diez de isla o comarca —cinco de ellas en Tenerife, según sus propios pliegos— y la DOP Islas Canarias, que las cubre todas. Tacoronte-Acentejo entró la primera en el registro europeo, en 1992; la de archipiélago, en 2011. Poco viñedo y muy repartido: 8.526 hectáreas a 31 de julio de 2025 en 29.400 explotaciones, casi veintiséis mil de media hectárea o menos.

El lugar

Las islas están a la altura del Sáhara y no son desierto: lo impiden los alisios, húmedos casi todo el año, y la corriente fría de Canarias. La lluvia media ronda los 350 litros por metro cuadrado, pero no dice nada: de menos de cien a casi mil, y en Lanzarote a veces no llega a ciento cincuenta.

Lo que manda es qué cara de la isla mires. Al norte de Tenerife, Tacoronte-Acentejo —2.422 hectáreas cultivadas, según su pliego de diciembre de 2024— se escalona de los cien a los mil metros en bancales de cara al mar, a 20 ºC de media. Al otro lado, en Abona, el alisio llega ya seco: más de 22 ºC y lluvia solo por encima de los mil metros. Allí la viña sube a los 1.700 de Vilaflor, altitud que su pliego llama asombrosa. Un terroir que cambia en cien metros de ladera.

El suelo es volcánico en todas: ligero, permeable y de pH algo ácido. Encima, más de doce formas de conducir la cepa. En Lanzarote, hoyos cavados en la ceniza con muretes de piedra que paran el viento, tan separados que el pliego baja allí la densidad mínima a 400 cepas por hectárea, frente a 800. En el Valle de la Orotava, cordones trenzados de hasta quince metros; en La Palma, cepas rastreras de hasta treinta y seis.

El vino fue la principal riqueza del archipiélago durante casi trescientos años: en las cortes europeas se pedía «Canary» como hoy se pide Jerez.

Qué encuentras en la copa

Lo que comparten todos, dice el pliego, es una persistencia de sabor mineral-volcánico. La viña no chupa el sabor de la lava —eso lo desmonta la ficha de mineralidad—, pero la sensación existe y tira más a salinidad que a piedra fría.

En blanco se ve mejor. Los cuatro canarios de nuestra base de cata son malvasías, tres de Lanzarote, y repiten notas: amarillo pajizo, flores blancas, fruta de hueso y cítrico, y debajo ese fondo salino y algo ahumado. En boca, seco, acidez viva, cuerpo medio y final con recuerdo salado. Los de Abona tiran a lo tropical —plátano, mango, maracuyá— y ahí el pliego apunta algo curioso: pese al calor, la acidez aguanta.

En tinto manda el listán negro. Aquí no tenemos nota propia —por nuestra base no ha pasado ningún tinto canario—, así que va el pliego: capa media-alta, rojo picota, fruta roja, equilibrado, sabroso, moderadamente tánico y de postgusto persistente. De casa, solo esto: los recordamos ligeros y especiados, con un humo seco y una pimienta que no salen de ninguna barrica. Se beben jóvenes y frescos.

Y quedan dos rarezas: los dulces de malvasía, herederos de aquel «Canary», y el vino de tea del norte de La Palma, hasta seis meses en madera de pino canario que le presta resina y amargor.

Si te quedas con una sola señal para reconocer un canario, que sea la sal del final.

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Fuentes