Valdeorras

Introducción

Amarillo pálido, casi de agua: a la vista no promete nada. Y en boca ocupa, llena, deja textura. Esa desproporción entre lo poco que enseña y lo mucho que da es la firma de Valdeorras.

Valdeorras es una comarca del nordeste de Ourense —«la puerta natural de entrada a Galicia», dice el pliego— y también una denominación de origen: un trozo de mapa con reglamento propio: qué uvas se plantan y cuánta se recoge por hectárea. Ocho ayuntamientos y, en la campaña 2023/2024, 1.200,25 hectáreas de viña inscritas, 978 viticultores y 41 bodegas. Poco, incluso para Galicia: las Rías Baixas tenían esa misma campaña casi cuatro veces más viñedo.

Importa por una uva. Aquí el vino es sobre todo blanco: de los 50.109 hectolitros vendidos en esa campaña, casi ocho de cada diez. Detrás está el godello, la variedad que este valle se puso a recuperar en los años setenta, y el pliego la protege con la exigencia más dura que puede ponerse a un varietal: para que la etiqueta diga «godello», el vino ha de serlo al cien por cien. Sin margen.

El lugar

Por el medio pasa el Sil, de este a oeste, y abre un valle desigual: la ladera izquierda cae empinada y la derecha se ondula suave. La viña está ahí y en los ríos que bajan a él, muchas veces en bancales. La comarca se mueve entre los 300 y los 700 metros; el pliego pone el óptimo por encima de los 450.

El clima es mediterráneo-oceánico con influencia atlántica: inviernos fríos, veranos que llegan a 33 °C, 11 °C de media anual y entre 850 y 1.000 milímetros de lluvia. Con esa cuenta, todo el territorio cae en la Zona I de Winkler, el escalón más fresco de la escala que mide el calor que acumula una viña. De ahí la acidez que estos vinos traen de casa.

Debajo hay cinco suelos y no dan lo mismo. Los de pizarra, de apenas treinta a cincuenta centímetros, guardan calor y firman —dice el pliego— vinos de aromas sutiles y «marcado carácter mineral». Los graníticos de A Rúa, Petín y Larouco se enfrían de noche y dan vinos más florales. Quedan calizos, arcillo-ferrosos y aluviales. Es terroir escrito en un reglamento.

Lo viejo aquí es muy viejo: una pepita de uva del siglo IV en Vilamartín, lagares romanos en Larouco, un documento del año 940 y las primeras covas para guardar el vino hacia 1800 —más de mil hoy, según el consejo regulador—. Pero pesa más lo reciente. La filoxera arrasó la comarca en 1882; el injerto americano devolvió viñas productivas y vino sin carácter; y hasta mediados de los setenta no llegó REVIVAL, el programa que se propuso recuperar las variedades propias. Sobre la fecha de la denominación no hay acuerdo: el pliego la data en 1957 y el propio consejo, en 1945. En Europa quedó registrada en 1986.

Qué encuentras en la copa

El godello llega limpio, amarillo limón o pajizo con reflejo verde. En nariz no grita: fruta blanca madura, fruta de hueso, flor, hinojo y un fondo de piedra mojada que en cata llamamos mineralidad. En boca tiene cuerpo y una textura casi grasa, envolvente, tensada por una acidez alta que le impide pesar, y un final que se queda un rato. De nuestros veintiún valdeorreses catados en casa, veinte dan acidez alta y diecinueve, cuerpo medio o más; los veintiuno, secos.

Esa textura los separa de los blancos atlánticos de costa: al lado de un albariño, el godello es más ancho y menos punzante. Unos meses sobre lías o en barrica le añaden crema sin quitarle el nervio.

Los tintos son pocos —uno de cada cinco litros— y casi siempre de mencía: capa media, cereza y violeta, pizarra por detrás, tanino fino y la misma acidez de fondo. La uva que manda en el Bierzo, donde es siete de cada diez cepas, y en la Ribeira Sacra, cuyos tintos han de llevar un 70 % como mínimo, aquí hace de acompañante.

Sírvelo fresco pero no helado: la temperatura de nevera aplasta justo lo que has venido a buscar. Mírale el color, tan pálido, y comprueba luego cuánto ocupa. Ahí está entero Valdeorras.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes