El ribete

Una gota de tinta china no tiene el mismo negro en el centro que en la orilla: se adelgaza hasta volverse casi transparente donde toca el papel. Al vino le pasa lo mismo en la copa. Inclínala sobre un fondo blanco y verás que el color no termina de golpe: se abre en una banda finísima que va del cuerpo denso del centro al cristal. Esa banda tiene nombre —el ribete, también llamado menisco— y no es un adorno: es una de las cosas que más cuenta de un vino sin haberlo olido siquiera.

Qué es y cómo se mira

El ribete es la zona periférica del vino en la copa, el punto donde el color se aclara de forma progresiva hacia el borde. Es el área de transición entre el color central, más intenso, y el vidrio. Para verlo bien hay un solo gesto: inclinar la copa casi hasta la horizontal, siempre contra algo blanco —un mantel, una hoja—, y mirar justo el filo del líquido. Ahí, en esos pocos milímetros, el vino enseña tonos que en el centro quedaban tapados por la masa de color.

No es un defecto ni una rareza: forma parte de cualquier cata cuidadosa. Y lo que se lee en él es, sobre todo, tiempo.

Por qué cambia de color

Aquí toca separar el dato de lo que ves, porque son dos cosas.

El dato, primero. En un tinto, el color joven lo ponen los antocianos, unos pigmentos que de recién hechos tiran a rojo púrpura. Con la crianza, su concentración cae de forma constante, mientras el vino fabrica pigmentos nuevos, más estables: los antocianos poliméricos y los piranoantocianos, que nacen de la condensación entre esos antocianos y los taninos. Ese cambio de moléculas cambia la luz que absorbe el vino: la polimerización desplaza el color del rojo hacia el pardo, e incluso el naranja y el amarillo. De ahí que un tinto pase de púrpura a rojo teja con los años. Es un viraje químico, no una impresión.

Hay incluso una forma de medirlo sin ojo humano. El método de la OIV para las características cromáticas define la intensidad del color como la suma de tres absorbancias —a 420, 520 y 620 nanómetros— y la tonalidad como la relación entre la de 420 y la de 520 (A420/A520). Dicho en cristiano: cuanto más pesa el tramo amarillo-pardo frente al rojo, más "viejo" mide el vino.

En los blancos el mecanismo es otro, pero el destino se parece: se oscurecen. El pardeamiento es el fenómeno de color más frecuente en un blanco con el paso del tiempo, y lo provoca la oxidación de sus polifenoles. Por eso un blanco joven, casi limpio de color en el ribete, va ganando oro y, si se pasa, tonos ambarinos.

Qué te dice

Ahora la sensación, que no se mide con la misma vara. Piensa en un tinto de cosecha reciente —un mencía fresco, por ejemplo—: el ribete tira a violeta, vivo, y apenas se distingue del centro. En un tinto con años, ese mismo borde se aclara y se calienta hacia el teja, el ámbar, el ocre, y el gradiente del centro al filo se hace mucho más ancho y evidente. Un ribete estrecho y del mismo color que el corazón del vino habla de juventud; uno amplio y desteñido, de vejez o de un vino que ya ha dado lo suyo.

Cuidado con leerlo solo: el ribete estima una edad aparente, no una fecha. Un tinto de mucho cuerpo y color denso puede parecer más joven de lo que es, y una uva pálida engaña al revés. Conviene cruzarlo con lo demás —la acidez que notarás en boca, el aroma— antes de sentenciar.

Es, en el fondo, lo primero que hace un catador cuando le sirven una copa a ciegas: la inclina, mira el filo y ya sospecha si tiene delante algo del año pasado o algo que llevaba una década esperando. El vino cuenta su edad por el borde, como los anillos de un tronco, si sabes dónde mirar.

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Fuentes