Introducción
La mencía es una tinta del noroeste ibérico, la cara atlántica del tinto español. Frente al tinto de meseta —oscuro, denso, cálido—, da vinos de color medio, acidez viva y un fondo mineral que vienen de la lluvia, la pizarra y la altura. Es un vino de trago ágil, más de montaña que de sol.
Durante mucho tiempo el mercado la presentó como pariente de la cabernet franc, la tinta bordelesa con la que comparte cierto aire fresco y herbáceo. La comparación cuajó y se repitió hasta volverse etiqueta. Conviene soltarla: la mencía es su propia variedad, y entenderla empieza por dejar de buscar en ella a otra uva.
Origen
Aquí toca ser honesto: el origen de la mencía está en discusión. Se han manejado tres relatos. Uno la hace antigua, introducida por los romanos. Otro la trae de Francia por el Camino de Santiago —de ahí la vieja idea de que era una cabernet franc adaptada, hoy dejada de lado—. Y un tercero, más reciente, mira al sur: un estudio de la Estación de Viticultura e Enoloxía de Galicia (Evega) apunta a un posible origen portugués, como cruce de alfrocheiro y patorra en el Douro y el Dão. Que sea autóctona del noroeste sigue siendo, por tanto, controversia y no certeza.
Lo que sí está claro es dónde manda hoy. El Bierzo es su casa grande —la tinta protagonista de una denominación reconocida en 1989—, y desde ahí y desde Galicia se extiende por Valdeorras, Monterrei, la Ribeira Sacra e incluso Cangas del Narcea o el valle de Liébana; en Portugal la llaman jaén y entra en los tintos del Dão. Como toda la viña europea, pasó por la filoxera de finales del siglo XIX, y en el siglo XX fue ganando terreno por su productividad y su buena mano con estos suelos de pizarra y clima atlántico, hasta ser la firma tinta del cuadrante noroeste. Ese viñedo viejo —cepas en bancales imposibles sobre el Sil, o en laderas del Bierzo, plantadas antes de la mecanización— es hoy su mayor tesoro: producen poco y concentran mucho, y en buena parte se rescataron del abandono ya entrado el siglo XXI, cuando una generación de viticultores volvió a mirar estas variedades atlánticas en lugar de arrancarlas.
Cómo reconocerla
En copa se delata por el color y por el ritmo. El color es medio y translúcido, nunca ese muro opaco de un tinto de secano. En nariz, fruta roja fresca —frambuesa, granada— con un golpe de pimienta y un fondo a tierra mojada; cuando la uva viene de pizarra, aparece ese punto casi a piedra fría que en cata llamamos mineralidad.
En boca manda la acidez: punzante, de las que hacen salivar. El tanino va de ligero a marcado según la mano de quien la elabora, pero rara vez seca la boca como un monastrell. Cuerpo medio, alcohol medio: el conjunto refresca en lugar de pesar.
La prueba más limpia es comparativa. Al lado de un tempranillo de la Ribera del Duero, la diferencia se ve y se nota: el de la Ribera es más oscuro, más denso, más cálido; la mencía, más pálida, más ácida, más nerviosa. Si además reconoces la pizarra húmeda —ese olor a suelo después de la lluvia— y la pimienta por detrás, ya no la confundes con nada. Y no hace falta mucho vino para verlo: la mencía se explica sola en un par de tragos, lo que la vuelve una uva ideal para empezar a entrenar el paladar.
Se bebe joven casi siempre, cuando la fruta aún cruje, aunque las de viñedo viejo y crianza aguantan bien entre tres y diez años. Pide servirse algo más fresca que un tinto de guarda —su fruta y su acidez lo agradecen— y en la mesa se lleva bien con lo que da su tierra: un pulpo, unos chorizos, una carne de caza menor. La frescura corta la grasa sin taparla, que es media cocina del noroeste resuelta.
Vinos para entenderlo
La teoría se entiende mejor con una botella delante.
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