Tipicidad

¿Cómo sabes, con la copa tapada y sin mirar la etiqueta, que eso que hueles es un Albariño y no otra cosa? Porque huele a lo que un Albariño tiene que oler: fruta de hueso y una brisa que sabe a mar. A esa fidelidad —a que un vino sepa a lo que debe— la llamamos tipicidad.

Un vino fiel a su origen

La tipicidad es el parecido de un vino con el patrón de su clase. No premia la originalidad; premia lo contrario: que el vino se parezca a sí mismo, a lo que su uva y su tierra prometen. Un tinto de Rioja con crianza en el que la fruta roja madura y la madera especiada se dan la mano es típico: sabe a Rioja. Un vino que cumple ese retrato es, en nuestra jerga, uno "de manual".

Y no es un capricho de catadores. La OIV —la organización internacional de referencia en el vino— definió en 2010 el terroir como una zona cuyas interacciones entre el medio físico y la mano de quien lo cultiva aportan "características distintivas" a los vinos que nacen allí; y añadió que, una vez descrito ese origen, ayuda a reconocer lo que sale de él. La tipicidad es justo eso puesto en la copa: la huella reconocible de una procedencia.

Se lee en tres capas

Cuando reconstruyes un vino a ciegas, lo haces en tres capas, y la tipicidad puede asomar en cualquiera de ellas.

Primero la uva. Cada variedad tiene su firma. La mencía llega con fruta roja fresca y un fondo de monte; la Garnacha, golosa y cálida, con fresa madura; la Graciano, con un golpe balsámico y floral que refresca la boca. Reconocer esa marca es leer la tipicidad varietal.

Luego la zona. La misma uva cambia de acento según dónde crezca. Un Tempranillo de Ribera del Duero suena más grave, oscuro y concentrado que uno de Rioja: es la misma voz con otro deje, el de la altitud y el frío de la noche castellana.

Y por último el estilo. Un vino joven habla de fruta directa; una crianza en barrica suma vainilla, tostados y un tanino más pulido. Ubicar un reserva por su cuero y su fruta compotada también es tipicidad: la de una categoría, no ya la de una uva.

Típico no es lo mismo que bueno

Aquí conviene deshacer el malentendido más común: típico no quiere decir mejor, y raro no quiere decir peor. Un vino puede ser fidelísimo a su patrón y resultar plano; otro puede desmarcarse de su zona y ser una maravilla. La tipicidad mide el parecido con un modelo, no la calidad. Eso lo miden otras cosas: el equilibrio, la complejidad y la persistencia.

Tampoco se confunde con la intensidad aromática: un vino discreto puede ser clarísimamente típico, y uno estruendoso, imposible de ubicar. Y ojo, típico no es sinónimo de simple: un vino puede ser a la vez muy reconocible y muy hondo. La mineralidad de ciertas zonas es, de hecho, parte de su tipicidad.

En la copa

Para entrenar el ojo, juega a la copa tapada: huele, prueba y aventura la uva y la zona antes de leer la etiqueta. Cuando aciertas, has leído bien la tipicidad; cuando fallas, casi mejor, porque ahí se aprende de verdad. Poco a poco dejas de nombrar aromas sueltos y empiezas a reconocer conjuntos: "esto es un atlántico", "esto sabe a barrica larga", "esto es fruta de secano".

En nuestras fichas de cata aproximada partimos justo de ahí: del retrato típico de una uva y una zona, sabiendo que cada elaborador tiene su mano. Por eso decimos que esa guía es una brújula, no un mapa. Te orienta hacia lo que un vino debería ser y deja que la copa concreta te sorprenda. Un vino que se sale del guion no ha fallado; casi siempre significa que tiene algo más que contarte, y eso pide que lo escuches con más calma, no que lo descartes.

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Fuentes