El recuerdo

¿Por qué de un vino te acuerdas años después y de otro no queda nada antes de que dejes la copa? La respuesta no está en el trago, sino en lo que viene justo detrás. Cuando el vino ya se ha ido, algo se queda —un aroma que sube, un sabor que insiste—, y eso es el recuerdo.

Qué es

El recuerdo es todo lo que un vino deja en la boca, la garganta y la nariz una vez que lo has tragado. Tiene nombres más técnicos —retrogusto, regusto, postgusto, dejo—, y en todos late la misma idea: retro, hacia atrás, y gusto. Es el rastro que regresa cuando ya no tienes el vino delante.

Conviene no confundirlo con dos vecinos. No es la persistencia: esa mide cuánto dura el final, los segundos que aguanta; el recuerdo mide qué es lo que se queda y si merece la pena. Un vino puede tener un final largo y un recuerdo pobre —solo calor de alcohol, solo aspereza—, y otro apagarse pronto pero dejarte una imagen nítida. Tampoco es del todo la vía retronasal, ese camino por el que los aromas suben del fondo de la boca hasta la nariz: el recuerdo se sirve de esa vía, pero abarca más, porque cuenta también lo que notas en la lengua y en la garganta.

Por qué se te queda

Aquí sí hay un dato duro, y explica por qué a esto lo llamamos recuerdo y no otra cosa. De todos los sentidos, el olfato es el único que llega a la memoria por la puerta de atrás. Lo que ves o lo que oyes hace escala en el tálamo, una centralita que filtra; lo que hueles, no. Los bulbos olfativos mandan lo que captan directamente a la amígdala, donde se cuecen las emociones, y al hipocampo, donde se fija la memoria. Ese atajo es la razón de que un aroma —el que sube por la vía retronasal al tragar, sin ir más lejos— pueda quedar anclado a un momento con una fuerza que ninguna otra sensación tiene. Es lo que se conoce como el fenómeno de Proust, por la magdalena del escritor.

Con una honestidad por delante: que el olfato tenga ese atajo no significa que cada trago te vaya a marcar de por vida. Los recuerdos que deja el vino no son forzosamente más intensos que los de otros sentidos; lo que sí hace el olor es teñir de emoción lo que juzgas después. Basta con saber que la nariz y la memoria son vecinas de pared.

En la copa

Para leerlo, un gesto sencillo: da un trago, trágalo —o escúpelo, como en cata— y quédate quieto, con la boca cerrada. Fíjate en qué vuelve. En un tinto con crianza regresan a menudo la cereza madura y ese fondo de cuero y vainilla de los aromas terciarios; en un blanco atlántico, un punto salino, casi de brisa de mar. Verás cómo cambia según la uva —prueba una mencía y mira qué deja— y según la mano de quien lo hizo.

Y luego, el juicio, que es lo que importa. Un buen recuerdo es limpio y coherente: lo que vuelve se parece a lo que bebiste, sin sorpresas feas. Un mal recuerdo delata las costuras del vino —el amargor que no se marcha, el filo del alcohol, un dejo metálico o el tanino áspero que no encaja—. Por eso el recuerdo es el último veredicto de la cata: el momento en que se comprueba si el vino estaba de verdad en equilibrio. No cuenta lo mucho que huela delante —eso es la intensidad aromática—, sino lo que decide quedarse cuando ya no está.

Un truco para entrenarlo: después de tragar, ponle nombre a una sola cosa que siga ahí. No hagas lista; elige la que manda. Si mañana puedes contar a qué sabía aquel vino sin tenerlo delante, es que su recuerdo era de los buenos.

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Fuentes