Malvasía

Introducción

En La Geria, al sur de Lanzarote, cada cepa vive sola en el fondo de un hoyo excavado en la ceniza, con un murete de piedra en media luna que le para el viento. No es adorno: el pliego obliga a plantar así, y el sitio lo explica. Allí llueve menos de 150 milímetros al año y el viento sopla casi sin parar a cinco o siete metros por segundo. La capa de picón filtra la poca agua que cae, frena la evaporación y mantiene estable la temperatura del suelo. Así no caben más de tres mil cepas por hectárea.

Lo que crece en ese agujero es malvasía volcánica, la uva mayoritaria de la isla. Y aquí empieza el lío, porque malvasía no nombra una uva: nombra a varias, algunas sin parentesco entre sí. En el registro de viñedo español hay cinco filas distintas con esa palabra. Las que lo llevan con derecho comparten un carácter: son uvas de perfume, que se anuncian en la nariz antes de que las pruebes.

Origen

El nombre viajó en barco y se fue quedando en cada puerto. El catálogo ampelográfico internacional archiva la malvasía aromática con el número 7266 y le cuelga setenta y dos sinónimos: malvasía de Lanzarote, de La Palma, de Sitges, di Lipari, di Sardegna, malmsey. Un trabajo de 2006 en la revista Vitis leyó cinco de esos nombres con quince marcadores genéticos: el mismo perfil en los cinco. Una uva con cinco pasaportes.

De dónde salió no está resuelto, y conviene decirlo tal cual. Ese mismo trabajo apunta que la documentación histórica la trae de Grecia, pero reconoce que en las bases griegas no halló nada que lo confirme, y que al comparar frecuencias genéticas entre Grecia, Croacia, Italia, España y Portugal no puede señalar a ninguno como país de origen. La ficha del catálogo escribe España en la casilla. Sin cerrar.

La parte canaria sí está clara. El pliego de las Islas Canarias cuenta que la malvasía llegó allí en la segunda mitad del siglo XV —«según varios autores» desde Candía, la Creta de hoy, y «seguramente» vía Madeira— y que aquellos vinos se vendían en las cortes europeas como Canary, igual que hoy se dice jerez. La malvasía volcánica nació ya en las islas: es cruce de la aromática con la marmajuelo canaria, confirmado por marcadores.

Y luego, la trampa: la malvasía riojana es otra uva. El pliego del Bierzo lo escribe sin rodeos —«Malvasía Riojana (sin. Alarije, Rojal)»— y el catálogo la archiva como alarije, con sus propios padres. El registro español cuenta 3.132 hectáreas bajo esos nombres, de las que solo 92 están en La Rioja. La aromática suma 470 en toda España; la volcánica, 1.071, todas en Canarias.

Cómo reconocerla

El color es amarillo dorado, más subido en los dulces y en los canarios.

La nariz es donde se delata, y llega antes que tú. Intensidad alta de flor blanca, albaricoque, miel y una especia suave por detrás; en los de Lanzarote, además, ese aire salado y como ahumado que en cata llamamos salinidad. En boca es envolvente: cuerpo medio, tacto ancho, final medio con el perfume aún puesto. La acidez es media —viva en los canarios—, nunca la cuchilla de un blanco atlántico.

La prueba limpia es ponerla al lado de un albariño: el albariño entra por cítrico y corta; la malvasía entra por flor y miel y llena. Y en un blanco de Rioja, junto a la viura, se ve el reparto: la viura pone el esqueleto, la malvasía el perfume.

Fuera de Canarias aparece en sitios muy concretos, y ahí está media gracia: una parcela de Santa Margalida, en Binissalem, sobre call vermell; las arenas de Colares, a un paso del mar. De los dos hemos catado vino en el Club: perfumado y ancho, con un punto salino al final.

Sírvela fresca, no helada: muy fría, el perfume se esconde y te quedas sin lo mejor que tiene. Y ojo con el dulzor, porque ahí manda la etiqueta más que la uva: la misma malvasía da secos salinos y semidulces que no empalagan.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

Ver la selección de Malvasía en la tienda

Sigue leyendo

Fuentes