Touriga Nacional

Introducción

Hay acentos que se reconocen en tres palabras. No hace falta oír la frase entera: con un "buenos días" ya sabes de dónde es quien habla. La touriga nacional hace lo mismo dentro de una copa —huele a violeta y ya has dicho medio nombre—, y por eso es la tinta con la que Portugal se presenta fuera de casa.

Es uva de racimo pequeño y piel gruesa, que es tanto como decir mucho hollejo para poco zumo: de ahí le vienen el color, el tanino y el aguante. En 2022 era la tercera variedad más plantada del país, con 13.543 hectáreas, el 7,2 % del viñedo portugués. Y lleva doble vida sin cambiar de cara: entra en los oportos y también hace tintos secos.

Origen

Portuguesa, eso no lo discute nadie. Lo que sí está en discusión es de qué rincón de Portugal. El Dão y el Douro se la reclaman los dos, y no lo dice un blog: lo dice la asociación técnica del viñedo duriense —«a sua origem é apontada à região do Douro e/ou Dão»— y lo repite el organismo oficial de promoción del vino portugués. Entre los veintidós sinónimos registrados en el catálogo genético VIVC aparece «Tourigo do Dão», que es una pista, no una prueba. De momento, empate.

De sus padres tampoco hay noticia: el VIVC deja el parentesco en blanco y avisa de que no está confirmado por marcadores. Lo que sí está confirmado es lo contrario, y tiene gracia: la touriga nacional es madre. La touriga franca —hoy la casta más plantada del Douro, con un cuarto de las cepas— nació del cruce entre marufo y touriga nacional.

En el Douro va a más. Con los datos del consejo regulador de 2023 es la tercera variedad de la región, un 10,3 % del viñedo; en la ficha técnica de ADVID, con números de 2017, era la cuarta con un 8,3 %. Sube, pero sigue trabajando como siempre: acompañada. En el Bioma de Niepoort, que catamos en el Club del Vino de Las Margaritas, comparte campo con tinta roriz, tinta amarela, touriga franca y sousão, sobre la pizarra de la Quinta de Nápoles y con doce meses en barricas grandes. Esa es su vida normal, la de pilar de una mezcla.

Cómo reconocerla

Empieza por el color. Capa alta, picota casi opaca, ribete violáceo: no es impresión tuya, el mosto llega a 1.290-1.590 mg de malvidina por litro, y eso se ve.

La nariz es su firma. Violeta por delante, fruta negra detrás —mora, ciruela—, hierbas de monte y, cuando la uva viene de pizarra, ese fondo frío de piedra que en cata llamamos mineralidad. Esa flor tiene explicación: la uva acumula terpenos, y la mitad de ellos es linalol, el compuesto que leemos en copa como aroma floral.

En boca es seca y ancha. Tanino firme, del que aprieta las encías sin arañar; cuerpo pleno; una acidez fresca que aligera sus catorce o quince grados de alcohol, y un final largo con recuerdo especiado.

La prueba más limpia es ponerla al lado de una syrah, porque también da violeta. Sírvelas juntas: la syrah saca pimienta negra recién molida casi siempre; la touriga no lleva pimienta, lleva hierba seca y piedra, tiñe más la copa y aprieta más el tanino. Violeta con pimienta, syrah. Violeta con monte, y el vino manchando el cristal, touriga. Al lado de un tempranillo la diferencia es todavía más gruesa: la touriga es más oscura, más tánica y más perfumada.

Aguanta bien el tiempo —entre cinco y quince años según la mano que la elabore—, así que merece la pena guardarle una botella y ver cómo cambia. Sírvela como un tinto serio, ni de nevera ni de salón, y ponle delante algo con grasa y fuego: un cordero, unas costillas, un queso curado de oveja.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes