Guarda y apogeo

En la penumbra de una bodega, tumbada sobre una madera fría, una botella lleva años sin que nadie la toque. Por fuera no pasa nada: ni un ruido, ni un movimiento. Por dentro, el vino no ha parado un solo día.

No todo vino espera

Empecemos por lo que casi nadie dice: la mayoría de los vinos se hace para beberlos jóvenes, y guardarlos no los mejora, los estropea. La guarda es la capacidad de un vino de ganar con el tiempo en botella, y es la excepción, no la regla. Depende de que tenga esqueleto: acidez viva, tanino de sobra, fruta concentrada y, en los dulces, azúcar. Sin esa columna, el vino se cae enseguida. Por eso el «cuanto más viejo, mejor» es un mito peligroso: guardar un vino sin estructura es verlo apagarse en la estantería.

Hay uvas y zonas con más esqueleto que otras. Una Cabernet Sauvignon de tanino firme, un Nebbiolo de boca de hierro o un tinto con cuerpo de la Ribera del Duero se notan armados, con esa columna que pide la guarda. Frente a ellos, un tinto ligero y frutal pide mesa esta misma temporada.

La curva: sube, se asienta, cae

En cata describimos la vida de un vino como una curva de tres tramos.

Primero sube. El vino joven llega con fruta primaria por bandera y, si es tinto de guarda, un tanino que todavía raspa. Con los meses y los años ese tanino se pule y se vuelve sedoso, la fruta se hace honda y empiezan a asomar los aromas terciarios: cuero, tabaco, fruta seca, sotobosque. Es lo que la crianza y el reposo en botella le regalan.

Luego llega el apogeo: el punto en que todo encaja, cuando la fruta, la madera y la edad hablan a la vez sin pisarse. No es un instante, es una meseta; un buen vino puede quedarse ahí, en su mejor momento, durante años. Y esa meseta es más ancha o más estrecha según el vino: un tinto de mucho esqueleto la sostiene largo, mientras que uno más frágil apenas se asoma al apogeo antes de empezar a girar.

Y después cae. Aquí manda la oxidación, que lo afecta todo: color, olor y gusto. En un tinto, el color pierde primero los reflejos violáceos y el rojo va cediendo hasta los tonos anaranjados de un ribete viejo; en un blanco, el amarillo vira a dorado y después a marrón. Antes incluso de que huela a «pasado», los aromas frescos de fruta y flor bajan de golpe, y en su lugar asoman la manzana cortada, la miel, la uva pasa. En boca crece una sensación de sequedad. Y conviene tenerlo claro: la oxidación no tiene marcha atrás. Un vino pasado no vuelve.

Cuándo descorchar

Saber leer esa curva es saber cuándo abrir. La etiqueta ayuda: cuando un vino se vende como Crianza, Reserva o Gran Reserva, alguien decidió que estaba hecho para el tiempo. En la DOCa Rioja, por ejemplo, un tinto Crianza ha pasado al menos dos años, uno de ellos en barrica; un Reserva, tres; un Gran Reserva, cinco como mínimo. Son señales de que el Tempranillo de dentro nació con vocación de esperar.

La añada también cuenta: un año fresco y de buena acidez suele aguantar más que uno muy maduro y solar. Pero ninguna regla sustituye a probar. Si tienes varias botellas iguales, abre una cada cierto tiempo y escucha cómo cambia: así se aprende dónde tiene su apogeo cada vino. Y si solo tienes una, no la eternices esperando la ocasión perfecta. El mejor momento de un vino no es el día en que lo abres pensando que ya no puede mejorar: es el día en que lo disfrutas antes de que empiece a caer.

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