Una foto hecha esta mañana y un retrato en sepia enseñan a la misma persona, pero no cuentan lo mismo. La foto reciente tiene el color subido, los bordes nítidos, la luz de hoy; el retrato antiguo ha ganado matices y ha perdido frescura. Con el vino pasa algo parecido, y el vino joven es la foto recién hecha: la uva contada tal como salió de la viña, antes de que el tiempo y la madera la retoquen.
Qué es un vino joven
Es el vino que se embotella y se vende poco después de la vendimia, sin pasar por barrica —o pasando muy poco— y pensado para beberse pronto, dentro del año o los dos años siguientes. No es un vino peor: es un vino en otro momento de su vida, el primero.
La clave está en lo que no le ha ocurrido. No ha reposado años en barrica de roble ni ha envejecido en botella, así que conserva intactos sus aromas primarios: los que vienen directos de la uva y de la fermentación —fruta fresca, flores, hierba—, sin los tonos de vainilla, cuero o tabaco que solo llegan con los años y la madera (los aromas terciarios).
En España esto tiene además una lectura oficial. El Consejo Regulador de la DOCa Rioja ordena sus vinos en cuatro escalones según la crianza. El primero —el del vino joven, que en la etiqueta llaman "genérico"— certifica de dónde viene el vino y de qué añada es, pero no garantiza ningún proceso de crianza: son vinos de primer o segundo año que guardan la fruta y el frescor de la uva. A partir de ahí se sube: un crianza exige al menos dos años, con un mínimo de uno en barrica; un reserva, tres años; un gran reserva, cinco. El joven es, sencillamente, el vino que aún no ha entrado en ese reloj.
"Joven" no es lo mismo que "flojo"
Conviene deshacer un malentendido. Joven no quiere decir ligero, ni barato, ni de usar y tirar. Hay tintos jóvenes de fruta densa y tanino firme —los hay que, sin haber pisado la barrica, secan la boca con ganas— y blancos jóvenes de una acidez afilada que se sientan a la mesa sin complejos. Lo que define al joven no es la intensidad, sino la ausencia de crianza: manda la uva, no la bodega.
Tampoco es un vino que "no ha envejecido bien". Un joven se hace joven a propósito, para capturar un momento concreto: el de la fruta recién cogida. Guardarlo diez años no lo mejora; al contrario, pierde justo aquello por lo que se hizo.
Cómo se reconoce en la copa
Empieza por el color. Un tinto joven es púrpura, casi violeta, vivo y brillante, con un ribete de reflejos morados: no ha tenido tiempo de virar hacia el rubí ni el teja que trae la edad. Un blanco joven va del amarillo pajizo pálido al limón con destellos verdosos.
Sigue por la nariz. Huele a fruta y poco más: cereza y mora en un tinto de mencía o de tempranillo; manzana verde, cítrico y flor en un blanco atlántico. Si asoma la vainilla o el coco, ahí ya hay madera, y el vino deja de ser del todo joven. Es, de hecho, el mejor ejercicio para educar la nariz: sin barrica de por medio, hueles la variedad tal cual es.
Termina en la boca. Domina el frescor: entrada jugosa, acidez que pide otro sorbo, final limpio y de recorrido corto o medio. Un joven raramente tiene la persistencia larga de un gran reserva, y tampoco la busca. Su gracia es otra: entra fácil, refresca y se deja beber sin que tengas que pensarlo mucho. Bébelo pronto y algo fresco —incluso un tinto joven agradece un punto menos de temperatura—, porque aquí el tiempo no es un aliado: es el que se lleva por delante la fruta y arranca la lenta oxidación que un día lo convertirá en otra cosa.