Bobal

Introducción

Tres de cada cuatro cepas inscritas en Utiel-Requena son de la misma uva, y no es tempranillo: el 75% de ese viñedo es bobal. Manda en una comarca entera —treinta mil hectáreas, ciento dieciséis bodegas— y casi nadie la pide por su nombre.

Es una tinta del interior valenciano, en una meseta que sube de los 650 a los 905 metros a sesenta y cinco kilómetros del mar. Llueve poco —cuatrocientos milímetros al año— y hay dos mil setecientas horas de sol. Con esos mimbres esperarías un tinto pesado, y sale un vino de color desmedido que refresca.

Durante décadas fue uva de granel: se vendía por color y por grado para arreglar vinos ajenos. El pliego aún la trata como la generosa de la casa y le consiente 8.600 kilos por hectárea en vaso, mil cien más que a cualquier otra tinta. Su vuelta ha venido por el camino contrario: la mención «Bobal Alta Expresión» solo se concede a viñas de más de cincuenta años que den menos de 4.000 kilos. Menos de la mitad de lo permitido.

Origen

Aquí toca no adornar. El catálogo ampelográfico internacional (VIVC), que es la referencia para estas cosas, da España como país de origen de la bobal y deja la casilla del parentesco vacía: pedigrí confirmado por marcadores, no. No se le conocen padres. Cualquier relato sobre qué se cruzó con qué es, hoy por hoy, literatura.

Lo que sí está documentado es la antigüedad del vino en su casa, que no es lo mismo que la antigüedad de la uva. En la comarca hay pepitas de uva del yacimiento íbero de Los Villares y un lagar excavado en roca en la Solana de las Pilillas: vid y vino allí desde los siglos V y VI antes de Cristo. El Fuero de Requena de 1265 ya nombraba «binaderos», guardianes de las viñas. Que aquellos íberos pisaran bobal no lo dice nadie: se sabe que hubo viña, no qué uva era.

Su nombre sí deja rastro. VIVC recoge cuarenta y seis sinónimos y muchos apuntan al mismo sitio —requena, requeno, tinto de requena— o a su fama de rendidora: provechón, aprovechón. La que aprovecha. Hoy también se elabora fuera de allí: en la Manchuela hay bobal seria, y del pago valenciano de El Terrerazo salió el vino que le devolvió el respeto.

Cómo reconocerla

Empieza por la capa. Es de las uvas con más color de España: picota profunda, casi opaca, con ribete violáceo. Y ese color aguanta —el pliego dice que en los tintos de guarda evoluciona muy despacio—, así que un bobal con años puede seguir viéndose joven. En rosado pasa lo mismo: color intenso, de los que parecen tinto flojo y no lo son.

En nariz, fruta negra sin rodeos: mora, arándano, ciruela. Debajo, un fondo de cacao y tierra húmeda que le da un punto rústico muy suyo. En los rosados manda la fresa.

En boca está la sorpresa. Pese al calor, la acidez llega viva, y eso viene de la altura y del salto de temperatura entre el día y la noche. El tanino es robusto, el cuerpo pleno y el alcohol ronda los catorce grados sin pesar tanto como debería.

La prueba más limpia es ponerla al lado de un monastrell, su vecina. En el club catamos L'Alegria, de Bruno Murciano —bobal de cepas de más de ochenta años, siete hectáreas y media de arcilla a novecientos metros—, junto a La Servil, de Cerrón, monastrell de suelo calizo a novecientos sesenta. Casi la misma altura, casi el mismo sol. La monastrell llega más madura y más cálida, más de fruta en compota; la bobal, más oscura, más tirante de acidez, con esa tierra húmeda por detrás. Si la copa es negrísima pero te hace salivar, es bobal.

Se bebe bien joven y aguanta la crianza sin despeinarse, entre dos y diez años. Sírvela un punto fresca y ponle delante brasa o un arroz con carne: la frescura corta la grasa y el tanino se pone en su sitio.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes