Garnacha blanca

Introducción

No es pariente de la garnacha tinta: es la garnacha tinta. La misma planta, con una mutación que le quitó el color a la piel de la uva y nada más. Y sin embargo, de esa cepa que todo el mundo asocia a calidez, fresa y tinto de secano sale un blanco raro: pálido de aspecto y ancho de boca, con más peso en el paladar que muchos tintos ligeros.

Es una uva de sol y de sequía: aguanta el viento, el pedregal y los años secos —el catálogo oficial francés la da incluso como menos propensa que la tinta a perder la flor—. De ahí dónde vive, el cuadrante mediterráneo, y de ahí su carácter: no va de nervio, va de volumen.

Origen

Aquí no hay disputa que arbitrar, cosa rara en una uva española. El catálogo ampelográfico VIVC la registra como española y zanja el parentesco: mutación de la garnacha tinta, confirmada por marcadores genéticos. No es una hipótesis bonita, está medido. El catálogo francés añade el dónde: la mutación blanca se encontró en las provincias de Barcelona y Tarragona.

Del cuándo se sabe menos. El pliego de la DOP Terra Alta rescata un testimonio de 1647, en Gandesa: una plantación de Vernatxa «posiblemente blanca» —y ese «posiblemente» es del propio pliego, así que no fija fecha—. Lo que sí fija es la casa de la uva: el mismo documento afirma que la Terra Alta es la región vitivinícola del mundo con mayor concentración de garnacha blanca, y que allí las tres garnachas son las variedades predominantes y de más edad.

Las cifras dejan una sorpresa. En España había 3.159 hectáreas a 31 de julio de 2021, 2.209 de ellas en Cataluña, con restos importantes en Aragón (463), La Rioja (179) y Navarra (171). En Francia, 5.896 hectáreas en 2018: casi el doble que en su país de origen, y eso después de caer desde las 16.286 que llegó a tener en 1979.

Cómo reconocerla

Empieza por la copa, antes de oler. Amarillo de intensidad media-alta, del pajizo al dorado —el pliego de la Terra Alta lo afina: «matices que oscilan desde el gris hasta el dorado»—, y la lágrima baja despacio y gruesa: la untuosidad se ve antes de probarla.

En nariz, fruta blanca madura: pera, manzana asada, a veces melocotón. Y por detrás, la firma: un fondo anisado, de hinojo, con hierbas de monte y flor blanca. Ese punto de anís es lo que la delata cuando va mezclada con otras uvas.

En boca manda el volumen. Es un vino glicérico, ancho, de cuerpo alto y alcohol generoso, con una acidez media que acompaña sin cortar. Sobre suelo calizo deja además un final salino que estira el trago, y el pliego se lo atribuye justo a eso, a la caliza. Criada sobre lías o en fudres grandes gana textura sin perder el hinojo.

La prueba comparativa es fácil. Ponla al lado de un albariño: el albariño entra afilado, cítrico, con acidez que raspa y cuerpo ligero; la garnacha blanca entra redonda, llena la boca y termina larga y sabrosa. Uno tensa, la otra envuelve. Frente a una viura joven, lo mismo en versión suave: la viura es discreta, la garnacha blanca pesa.

Se bebe joven o con dos o tres años; solo las añadas excepcionales pasan de cinco. Y no la sirvas helada: cuanto más fría, más se apaga el hinojo y más sale el alcohol desnudo (ver temperatura de servicio). En la mesa aguanta lo que pide volumen: arroces, guisos de verdura, pescado azul, quesos curados; ahí donde un blanco fino se queda corto.

En las catas del club salió con la Garnacha Blanca de Víctor Ausejo: dos hectáreas en Clavijo, a 546 metros, suelo arcillo-limoso, diez meses en envase de quinientos litros. Riojana, no catalana, y aun así la misma firma: volumen, hinojo y final largo.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes