Introducción
Durante más de medio siglo esto no tuvo nombre propio. El reglamento de la Denominación de Origen Tarragona, aprobado en 1945, distinguía dentro de sus límites una «subzona Falset»: los mismos pueblos y las mismas cepas de hoy, pero de prestado. La Denominación de Origen Montsant no se creó hasta 2001, y la Unión Europea la registró el 14 de abril de 2004. Es de las denominaciones jóvenes de España sobre una de sus tierras de viña más viejas.
Una denominación de origen es un nombre de sitio protegido por ley, con un pliego que fija qué uvas pueden plantarse, cuánta uva se recoge por hectárea y qué se puede escribir en la etiqueta. El de Montsant ampara blancos, rosados y tintos, y además los vinos de licor de toda la vida —el rancio, las mistelas, el dulce natural—.
Lo primero que llama la atención es la forma: Montsant rodea al Priorat como un anillo. Son 1.863,80 hectáreas de viña abrazando al vecino célebre, y un medio centenar largo de bodegas: su Consejo Regulador da 54 en el recuadro de cifras y 55 en el texto de esa misma página, sin fecharlas ni una ni otra. El 94 % de esa viña es tinta.
El lugar
La comarca está encerrada por un semicírculo de montañas, y eso lo explica casi todo. Al norte, las sierras de Montsant y La Llena; a levante, la Argentera, la Mola de Colldejou y Llaberia, que ya anuncian el mar; a poniente, La Figuera y el Tormo. Solo el sur se abre, hacia el Ebro. Dentro caben doce municipios enteros y otros cinco a trozos —Falset, El Molar, Garcia, Mora la Nova y Tivissa—, en la provincia de Tarragona, con viña desde los 50 metros de altitud hasta los 700.
Debajo no hay una sola piedra, sino tres, y el pliego dice que se alternan «como un mosaico». Suelos calcáreos compactos, de sedimento, con arcillas rojizas en el borde de la denominación. Arenas graníticas sueltas, sobre todo por Falset, pobres y con poca capacidad para retener agua. Y pizarra silícica, la misma llicorella que hace famoso al Priorat. Esa variedad, más que ninguna otra cosa, es el terruño de Montsant.
El clima es mediterráneo con un punto de interior: las montañas frenan el mar. La media de las mínimas ronda los 7 °C y la de las máximas no llega a 20; llueven entre 500 y 600 litros por metro cuadrado, casi todos en primavera y otoño. El salto entre el día y la noche es grande, y el propio pliego lo relaciona con un nivel más alto de polifenoles y, por tanto, con vinos más consistentes. Se pueden recoger hasta 10.000 kilos por hectárea en tintas, y un tinto no baja de 12,5 grados.
Historia hay de sobra: ánforas romanas en Marçà que probablemente iban a Tarraco, los cartujos de Scala Dei y un siglo XIX de exportación a los comerciantes de Burdeos a través de Reus. Luego llegó la filoxera, y con ella las cooperativas: las de Falset y Cornudella, modernistas y fechadas en 1919, siguen en activo.
Qué encuentras en la copa
Manda el tinto de garnacha y cariñena, muchas veces de cepas viejas en vaso, a menudo con algo de syrah, merlot, cabernet sauvignon o tempranillo, que aquí llaman ull de llebre. Los que catamos llegan rubí vivo, de capa media o media-alta: menos muro del que espera quien viene del Priorat, aunque el pliego describa sus tintos con mucha intensidad de color.
En nariz, fruta roja y negra madura por delante, hierbas de monte bajo —romero, tomillo, la garriga entera—, especias finas y un fondo terroso y mineral. En boca es jugoso antes que severo: el tanino va de suave a sedoso, la acidez refresca sin cortar y el cuerpo se queda en medio o medio-pleno. Casi todos los que catamos declaran 14 grados, y esa calidez se nota redonda, no pesada.
Los blancos son pocos —el 6 % de la viña— y casi siempre de garnacha blanca y macabeo, con crianza sobre lías: fruta de hueso, almendra, hinojo y textura ancha.
La señal que lo separa del vecino es esta: la misma pareja de uvas y la misma piedra, pero con menos austeridad y más fruta por delante. Un Priorat te pone la mineralidad primero; un Montsant te pone la fruta, y la piedra la deja debajo. Por eso se bebe joven con gusto, aunque los de parcela y los de crianza —que aquí son dos años naturales, con seis meses de barrica como mínimo— o los que llevan reserva y gran reserva en la etiqueta aguanten años de sobra.
Vinos para entenderlo
La teoría se entiende mejor con una botella delante.
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