Priorat

Introducción

El Priorat no lo inventaron en los años ochenta. En esa década un puñado de viticultores volvió a ponerlo en el mapa, pero aquí se hacía vino desde hacía ochocientos años: unos monjes cartujos llegados de la Provenza se instalaron en 1194 al pie del Montsant, plantaron viña, y los dominios de su prior dieron nombre a la comarca y a la botella.

Lo que hoy pone la etiqueta es una denominación de origen calificada: un nombre de sitio protegido por ley, con un pliego que fija qué se planta y cuánto se recoge. En toda España solo hay dos con ese rango; la otra es Rioja.

Y es diminuto. De las 17.629 hectáreas que ocupa la denominación, solo 2.196,8 están plantadas de viña, en manos de 511 viticultores y 116 bodegas, según el Consejo Regulador. Un pañuelo de tierra en cuesta, en el centro de Tarragona, a veinticinco kilómetros del mar.

El lugar

Debajo hay pizarra. Aquí la llaman licorella: piedras laminares y quebradizas, de color cobre oscurecido, formadas hace entre 416 y 318 millones de años; el pliego las cuenta entre las más antiguas que se pueden encontrar en superficie en Cataluña. El suelo que las cubre es casi un chiste: un solo horizonte, la roca madre a diez o quince centímetros, apenas materia orgánica. La cepa no tiene adónde ir salvo hacia abajo, colándose entre las láminas a buscar agua. Terruño en el sentido más literal.

Se nota en la cosecha: alrededor de un kilo de uva por planta. El pliego tapa el rendimiento en 6.000 kilos por hectárea en tintas —39 hectolitros— y lo aprieta más en su escala de menciones, que son cuatro peldaños: 5.000 kilos en el vino de villa, 4.000 en el de paraje y en la viña clasificada, 3.000 en la gran viña clasificada. Lo que sube en cada escalón es la edad exigida al grueso de la viña: más de diez años, de quince, de veinte y de treinta y cinco. El mínimo de garnacha y cariñena no acompaña ese ascenso: 60 % en los tres primeros peldaños, 90 % solo en el último. Son las dos únicas uvas recomendadas del pliego, frente a diecisiete solo autorizadas.

Las laderas van de los 200 a los 700 metros, con pendientes que a veces obligan a construir terrazas. La media anual está entre 14 y 15 grados, llueve entre 400 y 500 litros por metro cuadrado, y del día a la noche hay un salto térmico grande. Nueve pueblos —los que cuenta el propio Consejo— y doce villas en un anfiteatro de montaña, con el Siurana abriéndose hacia el Ebro.

La historia va a trompicones. La filoxera y el tirón de la industria textil se llevaron las cepas y la gente, y no se replantó casi nada: esa poca viña vieja que sobrevivió es hoy el tesoro. El Estatuto del Vino de 1932 señaló el Priorat como zona a proteger, pero la guerra lo dejó en papel. El primer reglamento llegó el 23 de julio de 1954, y una orden del 18 de diciembre de 2000 hizo calificada la denominación.

Qué encuentras en la copa

Poca uva y mucha piel: eso se ve antes de olerlo. El tinto llega granate profundo, de capa alta, y el pliego le exige 13,5 grados como mínimo. De los quince prioratos de nuestra base de cata, nueve declaran 14 y seis, 15.

En nariz manda la fruta negra madura, y detrás asoman el monte bajo, el regaliz, el tabaco y las especias. Debajo de todo, una nota que en casa llamamos piedra caliente o grafito: mineralidad, la misma que el pliego describe como «elevada».

La sorpresa en boca no es la potencia, que se espera, sino que no pese. Cuerpo pleno y tanino marcado —cuatro sobre cinco en la mayoría de nuestras notas—, pero con una acidez que estira el trago y mantiene el alcohol en pie. Doce de nuestros quince dejan un final largo. Ahí está la señal: concentración con nervio, no concentración a secas. Y guarda de sobra; un tinto de paraje de 2011 sigue con la acidez viva y los taninos ya pulidos del todo.

También hay blancos, pocos y buenos, de garnacha blanca, macabeo o incluso pedro ximénez vinificado en seco: cítricos, flor blanca, la textura que deja la crianza en madera y un final salino —los dos que hemos catado en casa acaban ahí—. Si tienes que quedarte con una sola pista, que sea el contraste entre esa fruta ancha y madura y el punto seco y frío que va por debajo sujetándola.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes