Petit Verdot

Introducción

Un uno por ciento. Eso es lo que pone esta uva en el Ségla de 2016, de Château Rauzan-Ségla, en Margaux. Lo tiene declarado así: cincuenta y tres de merlot, cuarenta y cinco de cabernet sauvignon, uno de cabernet franc y uno de petit verdot. Una cucharada en una piscina, y se nota.

Ese es el asunto de esta variedad. Tinta francesa de color casi negro y tanino de hierro que, en dosis mínimas, cambia el vino entero: le da capa, le da esqueleto y le pone un perfume de flor por encima. La OIV describe el ensamblaje bordelés como cabernet sauvignon combinada con merlot, cabernet franc y malbec «y/o» petit verdot: nuestra uva vive ahí, en el lado del «y/o». Entra si hace falta y no si no. En España, en cambio, se atreve a ir sola.

Origen

Francia. Eso es todo lo que da por seguro el catálogo internacional de variedades, que la registra con el número 12.974 y con un nombre que a lo mejor te sorprende: allí no es petit verdot, sino verdot petit; petit verdot es uno de sus diecisiete sinónimos, junto a verdot rouge, lambrusquet noir, carmelin o plant de palus.

Y de padres, nada. Los cuatro campos de parentesco están vacíos y el catálogo responde «no» a si su genealogía está completa: hoy no se le conocen progenitores confirmados. Los relatos bonitos sobre cruces antiguos no los sostiene la fuente que manda. Tampoco la confundas con el gros verdot, que no es su versión grande: es otra variedad, con ficha aparte.

Lo que sí se puede seguir es su fortuna. En Francia había 685 hectáreas en 1958; en 1988 quedaban 338, menos de la mitad. Casi la borran. Y en 2006 —último año del que hay cifra— habían vuelto a subir a 729, por encima del punto de partida. Se hundió y volvió.

De España no hay dato en esa tabla, y no vamos a inventarlo. Lo que sí sabemos es lo nuestro: de los dieciocho vinos con petit verdot de nuestro catálogo, doce son españoles, y los tres únicos monovarietales —Enrique Mendoza en Alicante, Svmma Varietalis de Marqués de Griñón y Dehesa del Carrizal, estos dos Vinos de Pago— también lo son. Los seis franceses la llevan siempre acompañada: tres de Margaux, dos de Pauillac, uno de Pomerol.

Aquí la tenemos repartida en sitios sueltos: seis Vinos de Pago, dos de la Tierra de Cádiz, uno de Madrid, uno de Jumilla, uno de Alicante, uno del Penedés. Dónde la hemos encontrado nosotros, ojo, que no es lo mismo que dónde está autorizada: eso lo dicen los pliegos, y los pliegos no hemos podido abrirlos.

Cómo reconocerla

Empieza por la copa inclinada. El color es púrpura oscurísimo, casi tinta, de los que dejan el borde violáceo y manchan el cristal. Si un tinto joven te parece opaco de verdad, la petit verdot es sospechosa.

En nariz llega la paradoja. Sobre esa masa negra aparece flor —violeta, lavanda—, algo que huele a mina de lápiz recién sacada, fruta negra apretada y un fondo de especia y monte. Perfume delicado encima de un vino con pinta de tanque.

En boca se acaba la delicadeza. El tanino es firme y abundante, seca de verdad —ahí tienes la astringencia en estado puro—, el cuerpo es amplio y el alcohol suele andar alto. Sin crianza y sin años, puede resultar áspera; con barrica y algo de botella, se pule y se alarga. Los tres monovarietales españoles de nuestro catálogo pasan entre doce y quince meses en madera.

La prueba más limpia es contra la merlot, su compañera de mezcla. Sirve las dos al lado: la merlot es carnosa, redonda, de ciruela, y no te exige nada. La petit verdot es más oscura, más floral y bastante más áspera. Entiendes en un trago por qué el coupage bordelés las junta, y por qué en el Ségla de 2016 bastó con un uno por ciento de esta.

Pídela con carne a la brasa y algo de grasa, que le quita el filo al tanino, y cuida la temperatura: templada solo se le oye el alcohol.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes