Cata a ciegas

En mayo de 1976, en París, un jurado casi todo francés puntuó una fila de copas sin saber qué llevaba cada una. Cuando se levantó el mantel, ni el mejor tinto ni el mejor blanco eran franceses: venían de California. Uno de los jueces, tras oler un gran borgoña blanco, había sentenciado que aquello "no tenía nariz, es de California". Se equivocó de medio a medio, y por una sola razón: nadie le dejó ver la etiqueta.

Qué es

Catar a ciegas es exactamente eso: probar un vino sin saber cuál es. Se tapa la botella —a veces se sirve en copa negra para esconder hasta el color— y el catador se queda a solas con lo que la copa le dice, sin la marca, el precio ni la fama de por medio. Se hace por dos motivos, y conviene no confundirlos.

El primero es de examen: adivinar la uva, la zona y la añada solo con los sentidos. Es el ejercicio de las escuelas de cata y de los concursos, medio deporte y medio disciplina. El segundo, más útil para ti, es de honradez. Sin ver la etiqueta no puedes engañarte: un vino no te sabe mejor por ser caro, ni lo descartas porque el nombre no te suene. La ciega quita el prejuicio de en medio y te deja a solas con el vino.

Por qué la vista manda

Y el prejuicio pesa más de lo que crees, empezando por los ojos. En un experimento ya clásico, 54 catadores describieron un vino blanco al que se había añadido un colorante rojo sin olor. Lo contaron con palabras de tinto —frutos rojos, especias—, como si el color les hubiera reescrito el olfato. No mentían: el cerebro deja que la vista mande sobre la nariz. Si eso ocurre con un simple tinte, imagina lo que hacen una etiqueta de prestigio o un precio de tres cifras. Por eso el color y la intensidad del aroma, que en una cata normal ayudan, a ciegas hay que leerlos con la cabeza fría.

Cómo se cata a ciegas

El método no cambia: es el de siempre, vista, aroma, gusto, textura y conclusión. Lo que cambia es lo que escondes. Tapa la botella con papel de aluminio o una funda desde antes de servir, para no verla ni de reojo. Cuando probéis varios, escupe: media docena de copas se suben a la cabeza y nublan el juicio. Y cata en silencio hasta el final. Si alguien suelta en voz alta "esto es un rioja", ya ha torcido la copa de los demás; la primera impresión ajena se te pega y cuesta soltarla. Cada uno apunta lo suyo antes de comentar.

Qué se puede sacar

A ciegas no adivinas la marca, pero sacas más de lo que parece. La capa y el ribete te hablan de la edad y del grosor del vino. La nariz separa un vino joven y frutal de otro con años y crianza, y hasta te dice si ha visto roble. La boca pone números: cuánta acidez, cuánto tanino, cuánto cuerpo. Con esas piezas armas una hipótesis —una uva, una zona, un estilo— apoyándote en la tipicidad: en que un vino, cuando es fiel a su origen, sabe a lo que debe. Un tinto fresco y de perfil atlántico apunta hacia una mencía; uno cálido y de fruta madura, a otra parte del mapa. No siempre aciertas la zona, y no pasa nada: la gracia está en razonar la copa, no en clavar la respuesta.

Para tu mesa

No hacen falta jurados ni copas negras. En casa, que alguien tape dos o tres botellas y las sirva sin decir nada. Cátalas, decide cuál te gusta más y solo entonces mira las etiquetas. Casi siempre hay sorpresa, y casi siempre es sana: descubres qué te gusta a ti, no qué se supone que debería gustarte. Ahí está toda la razón de ser de la ciega —no lucirse acertando la añada, sino catar sin que nadie, ni tú mismo, te sople al oído la respuesta.

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Fuentes