Gamay

Introducción

No es la prima pobre de la pinot noir. Es su hija.

La gamay es una tinta francesa que da vinos de rojo claro, casi traslúcido, con poco tanino y mucha fruta roja por delante. El catálogo oficial francés de variedades la describe sin adornos, y con una condición que conviene no borrar: con maceración de racimo entero da vinos cálidos, afrutados, de color moderado y poco tánicos. Esa ligereza le costó cara —se la tomó por uva de andar por casa— y hoy es justo lo que la devuelve a la mesa.

Su casa es el Beaujolais, la franja de colinas entre Mâcon y Lyon. La AOC, reconocida en 1937, la nombra variedad principal de todos los tintos y rosados y deja a las demás de comparsa, con topes del 10 y el 15 %. En 2008 la zona tenía unas 19.000 hectáreas entre 3.500 explotaciones, con parcelas de 0,3 de media: un mosaico, no un latifundio.

Origen

Aquí, por una vez, no hay pelea. El VIVC —el catálogo ampelográfico de referencia mundial— da el parentesco por confirmado con marcadores moleculares: la gamay noir es el cruce de heunisch weiss, el gouais blanc de los franceses, con la pinot. El catálogo oficial francés lo repite y pone el sitio: Borgoña. Nació dentro de la Borgoña de la pinot, no enfrente.

Y sin embargo, cuando hoy se cuenta Borgoña, ella no sale en la foto: en la presentación de Bourgogne del Club del Vino de Las Margaritas las variedades de la región son tres —pinot noir, chardonnay y aligoté— y la gamay no figura. Que no la nombren no quiere decir que no esté: en nuestra base de cata hay un Coteaux Bourguignons de gamay, con denominación de Borgoña. El edicto ducal de 1395 que la habría echado del ducado se cuenta en todas partes, pero no hemos podido pinchar el documento: aquí no lo firmamos. Lo comprobable es el retroceso: de 37.806 hectáreas en Francia en 1958 a 23.650 en 2018.

Bajó al sur y se hizo famosa por lo que peor la representa. El Beaujolais nouveau nace en 1951 y desde 1985 sale a la calle el tercer jueves de noviembre, con reglas estrictas: no más de diez días de cuba, embotellado antes del 1 de diciembre y un volumen que no puede pasar de la mitad del que ampara el rendimiento autorizado. Los tintos serios juegan a otra cosa y se crían al menos hasta el 1 de enero siguiente. Fleurie y Morgon, ambas AOC desde el 11 de septiembre de 1936 y de una sola comuna cada una, tienen la gamay como única variedad principal: las accesorias entran solo mezcladas en la viña y no pasan del 15 % por parcela. Fleurie está sobre granito rosa porfídico, el «granite de Fleurie»; en Morgon conviven la arena granítica y el esquisto. Y los pliegos describen vinos distintos: el de Morgon habla de cuerpo, frambuesa, kirsch y mucha mineralidad; el de Fleurie, de notas florales y de fruta roja, ataque franco y acidez poco marcada.

Cómo reconocerla

Entra por los ojos. El color es rubí claro y brillante, de capa baja, tan traslúcido que se lee el mantel a través de la copa; en un nouveau tira a violáceo de piruleta. En nariz manda la fruta roja fresca —fresa, frambuesa, cereza, grosella— con flores detrás, sobre todo violeta en los vinos de Fleurie. Cuando la maceración semicarbónica manda mucho aparece un punto de plátano y caramelo: no es un defecto, es la técnica, y una vez lo hueles no se te olvida.

En boca es seca, con acidez crujiente, cuerpo ligero y un tanino de seda que apenas se nota en las encías. El final suele ser corto y alegre. Los crus cambian el tono: un Morgon de viñas viejas trae cereza madura, kirsch y un fondo terroso, con tanino de verdad y algo más de peso.

La prueba comparativa es fácil con un tempranillo con crianza al lado: el uno es oscuro, denso y tostado; la gamay es clara, ágil y frutal, sin madera que la tape. Y frente a la mencía, que también es tinto ligero y ácido, la gamay va más a la fresa y la flor y menos a la pimienta y la tierra mojada.

Se bebe joven casi siempre y agradece el frío: unos catorce grados le devuelven frescor y le afinan la fruta. En la mesa aguanta lo que le echen sin solemnidad: embutidos, un queso de cabra, pollo asado, setas.

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Fuentes