Somontano

Introducción

Somontano no es una zona de montaña, aunque el nombre lo prometa y el Pirineo asome al fondo de casi cualquier foto. Es la franja de tránsito: la viña arranca a trescientos cincuenta metros y llega a mil, y en ese trecho se pasa de las sierras calizas de Guara a unas llanuras que ya rozan el secarral de los Monegros.

Lo que ampara esa palabra en la etiqueta es una denominación de origen: un nombre de sitio protegido por ley, con un pliego que fija qué uvas se plantan, cuánta se recoge y qué tiene que cumplir el vino. La de Somontano se aprobó en 1984 y se reparte por 43 municipios de Huesca, con el Consejo Regulador en Barbastro. Su propia web habla de unas 4.000 hectáreas y 27 bodegas, sin decir a qué año corresponden esas cifras.

Su rareza es el reparto de uvas: caben quince variedades y buena parte no son españolas. Chardonnay, gewürztraminer, pinot noir o cabernet sauvignon figuran en el pliego con el mismo derecho que el tempranillo o la garnacha. Y no es cosa de anteayer: la familia Lalanne llegó de Burdeos en el siglo XIX con chardonnay, merlot y cabernet, un siglo antes de que existiera la denominación.

El lugar

El clima es mediterráneo continental y no es el mismo de punta a punta: más húmedo y frío al norte, más árido y cálido al sur y al este. La media anual va de 11 a 15 grados. Llueven 800 milímetros arriba y 400 abajo, en la parte monegrina —unos 500 de media—, con sequía dura en julio y agosto, y caen 2.700 horas de sol al año. Lo que de verdad marca el vino llega al final del verano: en agosto y septiembre el salto entre el día y la noche es grande, y eso deja madurar la uva sin quemarle la acidez.

Debajo hay cal. Suelos pardos de textura franca, pH alcalino y bastante caliza activa; los más extendidos son los calcisoles, que acumulan carbonato cálcico en profundidad y sostienen casi todo el viñedo tradicional. Ni la pizarra del Priorat ni el canto rodado de la Rioja: aquí el terruño es claro y seco.

El río Alcanadre parte la comarca en dos mitades con nombre propio, el Somontano de Huesca al oeste y el de Barbastro al este, más quebrado. Y de norte a sur se distinguen tres pisos: las sierras, el somontano propiamente dicho y las llanuras.

La historia viene de lejos pero avanza a saltos. El pliego arranca el relato en el año 500 antes de Cristo: «según documentos de la época», dice, ya se cultivaba la vid en el valle del Ebro. No cita ninguno, y fuera del texto oficial la fecha se discute. Lo demás pisa más firme: los monasterios medievales extendieron el viñedo y en el XIX la filoxera del viñedo francés disparó las exportaciones oscenses. Lo moderno empieza en los años sesenta con la Cooperativa Comarcal Somontano del Sobrarbe, cuaja con la denominación en 1984 y se acelera en los noventa, cuando entraron las grandes inversiones. De ahí el aire de bodega nueva y bien equipada que tiene la zona.

El pliego tampoco ahoga: 8.000 kilos de uva por hectárea en tintas y 9.000 en blancas, y 11,5 grados como suelo del tinto.

Qué encuentras en la copa

Lo primero que se nota es que están limpios. Fruta enfocada, sin bordes rústicos: la zona apostó pronto por la técnica moderna y se le oye en la copa. El propio pliego resume sus vinos como de "carácter alcohólico, buena relación de acidez y una cobertura media-alta de color".

En el tinto joven el color va del rojo violáceo al cereza con capa media, y la nariz sale fresca y frutal. Los que pasan por madera ganan color y suman ahumados, tostados y especias; la crianza va de unos meses a año y medio según la casa.

En boca manda el equilibrio más que la potencia. De los veinticuatro somontanos de nuestra base de cata, todos secos, dieciocho marcan una acidez media y quince se quedan en cuerpo medio; el tanino va de marcado a firme en quince de los dieciséis tintos —el que falta se queda por debajo—, casi siempre bien pulido, y la persistencia es media en catorce y larga en ocho. Lo que sí pesa es el alcohol: doce declaran 14 grados y once, 15.

El Consejo no publica cuánta superficie ocupa cada uva, así que de los blancos hablamos por lo que nos ha pasado por la copa: de los seis que hemos catado, cuatro llevan chardonnay —fresco en depósito, más ancho si fermenta en barrica— y tres, gewürztraminer, que es la carta marcada de la zona: lichi, pétalo de rosa, flor por todas partes y luego una boca seca que desmiente lo que promete la nariz.

Queda el acento local, que es lo que impide confundir un somontano con un tinto internacional cualquiera: moristel, parraleta y alcañón, las tres uvas autóctonas a las que el pliego atribuye el carácter frutal y el postgusto de la zona. En los veinticuatro que hemos catado salen poco y nunca solas: moristel y parraleta en tres coupages, alcañón en ninguno. Son veinticuatro botellas, no la denominación entera —de los monovarietales de uva autóctona no tenemos fuente—, pero donde entran se hacen notar: un punto silvestre, de monte, cruzando por debajo de la fruta madura del cabernet o de la syrah. Si te toca reconocer uno a ciegas, la pista está ahí: nitidez casi de laboratorio por delante y algo agreste asomando por detrás.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes