Calatayud

Introducción

¿Qué te viene a la cabeza cuando alguien dice «garnacha»? Si lo primero que aparece es un tinto cálido, ancho y de fruta en mermelada, Calatayud viene a discutírtelo desde arriba.

Es una denominación de origen del suroeste de Zaragoza, con un pliego que fija qué uvas se plantan, cuánto se recoge por hectárea y qué dice la etiqueta. Ampara tintos, rosados y blancos, y también vinos de licor, espumosos, de aguja y de uvas sobremaduradas. Las cifras: 3.200 hectáreas de viñedo según el pliego de 2024, repartidas entre 51 municipios y cultivadas por 700 viticultores. Se reconoció en 1989 —hasta entonces esto era en buena parte tierra de granel— y la Unión Europea la registró el 20 de junio de 1992. Manda la garnacha tinta, y manda alta.

El lugar

Estribaciones del sistema Ibérico: una fosa encajada entre las sierras que bajan del Moncayo, con seis afluentes del Ebro dentro —Jalón, Jiloca, Manubles, Mesa, Piedra y Ribota—. La altura lo explica casi todo. El viñedo arranca por encima de los 550 metros, hay parcelas que pasan de los 1.000 y más del 80 % se sitúa entre 650 y 900. No es una postal: es una defensa. Las heladas de primavera son muy frecuentes en el fondo de los valles cerrados, así que la viña se sube a buscar aire. El pliego llama al clima «de continentalidad extrema»: inviernos largos y fríos, veranos calurosos y entre 300 y 550 milímetros de lluvia al año, casi todos en primavera y otoño.

Debajo, un mosaico: pardo-calizos en las muelas, glacis de piedra suelta con arcillas rojas y tierras pardo-rojizas sobre pizarra y cuarcita con mucho hierro. La pendiente es fuerte —airea la viña e impide meter máquinas—, así que casi todo se hace a mano. El pliego usa ese terruño para repartir la cosecha: las viñas jóvenes de abajo, sobre caliza y arcilla, a blancos, rosados y espumosos; las viejas de arriba, sobre piedra y pizarra, a los tintos de crianza.

En Segeda, poblado celtíbero entre Belmonte de Gracián y Mara, apareció un lagar del siglo II antes de Cristo. Y cuando la filoxera arrasó Francia, Calatayud llegó a tener más de 44.000 hectáreas de las 85.500 de toda la provincia; en 1922, ya con la plaga aquí, le quedaban 11.600.

Qué encuentras en la copa

Llega picota o cereza oscura, de capa media a alta y con el ribete violáceo de la juventud. En nariz, fruta negra y roja madura, regaliz, violetas, especia y ese fondo a piedra fría que llamamos mineralidad.

En boca se nota la altura. Los cinco vinos con D.O. Calatayud que tenemos catados en casa —los cinco tintos, los cinco de garnacha— declaran 15 grados, y el más concentrado, 16; y aun así el alcohol llega envuelto en fruta y no quema. La acidez aguanta en su sitio y el conjunto sale carnoso antes que pesado. El tanino va de suave a firme según el vino, no según los meses de barrica: en nuestras notas, el de más crianza no es el de tanino más alto. El cuerpo es pleno y la persistencia, larga en tres de los cinco. Frente a la garnacha de las zonas bajas del Ebro, la de aquí sale más tensa y menos golosa, con la fruta más roja y viva.

Dos palabras de la etiqueta merecen atención. «Viñas viejas» exige cepas de más de 35 años y un máximo de 4.500 kilos por hectárea. «Calatayud Superior» aprieta más: garnacha de viñedos de más de cincuenta años, media que no supere los 3.500 kilos por hectárea, un mínimo del 85 % de garnacha, seis meses de barrica y 14 grados. Son los que mejor aguantan en botella.

Y hay más: blancos de macabeo y garnacha blanca, vinos de licor de moscatel y espumosos, que el pliego atribuye a los viñedos orientados al norte. Aviso con estos últimos: los que hace Bodegas Langa, en la propia comarca, se venden bajo la D.O. Cava. Los tenemos; en la etiqueta pone otra cosa.

Vinos para entenderlo

La teoría se entiende mejor con una botella delante.

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Fuentes