Conca de Barberà

Introducción

No es una sierra ni una ribera: es un hueco. Conca quiere decir cuenca, y el pliego de la denominación lo dice sin adornos —«una depresión excavada en las rocas blandas del margen oriental de la depresión del Ebro»—. La abrieron el Francolí y el Anguera, al norte de Tarragona, y dentro caben catorce municipios enteros, de Montblanc a Vimbodí, unos polígonos de Vilanova de Prades y, ya fuera de los límites de la DO, unas parcelas de Cabra del Camp y Aiguamúrcia que entran con autorización individual porque ya se elaboraban allí antes de 1989.

Cuánta viña hay tiene dos respuestas, las dos del Consejo Regulador: una página de su web dice 2.875 hectáreas y 8.000 hectolitros de media; el bloque «Qui som?» del pie, 3.800 y 150.000. Ninguna fechada, y el pliego no da superficie: no vamos a elegir por ellos. Lo que sí se cuenta sin discusión son las bodegas de su listado, treinta y una.

Importa por dos cosas. Aquí vive el trepat, «autóctona y prácticamente exclusiva» de la comarca según el pliego, y una de las cuatro tintas del cava. Y aquí se levantó, dice ese mismo pliego, el primer edificio del Estado concebido desde cero como bodega cooperativa.

El lugar

Sierras en los cuatro lados —Miramar, el Tallat, Comalats, las montañas de Prades— y dentro un clima mediterráneo de transición: algo del litoral tarraconense, algo de la continentalidad de Lleida, inviernos fríos y mucho salto entre el día y la noche. Llueven 450-550 milímetros al año, la media anual ronda los 13-14 °C y en las partes bajas hiela por inversión térmica. El Consejo Regulador sitúa la altitud media en 500 metros y casi todas las cotas entre 350 y 900.

Debajo hay tres terrenos, y es el pliego quien le adjudica a cada uno su parte del vino: arcilla, margas y conglomerados calcáreos de color terroso en el centro, a los que atribuye el cuerpo; terrazas de guijarros en el fondo, a las que atribuye la suavidad; y pizarra con licorella bajando de Prades, a la que achaca el color y la estructura de los tintos. Tres suelos en un pañuelo: ese es el terruño de aquí.

Lo que la comarca reivindica llegó con la filoxera: su pliego sostiene que fue «pionera en Cataluña y en el resto del Estado español» en agrupar a los campesinos en cooperativas. En 1894 fundaron en Barberà un sindicato para elaborar en común, en 1903 se alzó allí aquel primer edificio y entre 1912 y 1919 se levantaron seis bodegas modernistas, las «catedrales del vino» de Àngel Guimerà. La DO es muy posterior: primer reglamento en 1985, registro europeo en 1992.

Qué encuentras en la copa

El pliego autoriza veintitrés uvas y describe así lo que dan: blancos ligeros de aroma afrutado fino, rosados frescos «por la moderada acidez», tintos jóvenes «suaves, ligeros y sabrosos» y tintos de crianza más corpulentos y de buena persistencia. Los mínimos legales van en la misma dirección: 10 grados de alcohol en blanco y rosado, 10,5 en tinto.

La firma es el trepat, tinta de capa escasa y tanino corto, para beber más que para guardar; antes de la filoxera lo hubo también en el Camp de Tarragona y el Priorat, y de allí desapareció. Al lado, un elenco largo: macabeo, parellada y chardonnay en blanco; garnacha, cariñena —samsó—, sumoll y tempranillo —ull de llebre— en tinto. Y tres rarezas para un pliego español: espumosos de método tradicional y también ancestral, con nueve meses mínimos sobre lías; agujas de uno a dos bares y medio de carbónico; y un blanco «brisado», fermentado con las pieles por maceración, que la norma admite turbio, anaranjado y con notas de oxidación. Un naranja escrito en el pliego.

Del perfil no vamos a presumir: en la base de cata propia solo hay un vino de esta DO, un chardonnay de doce meses de barrica, y con una muestra no se describe una comarca. Sí se puede decir por dónde buscarla: poco peso y mucho frescor, del lado del vino joven antes que del reserva. Un tinto pálido, ligero y de añada reciente: estás en el sitio.

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Fuentes